miércoles, 24 de noviembre de 2010

"Lo obvio se hace tan presente que terminas escuchando un solo programa en todo el dial"

Entrevista a Martín Jáuregui.

Con “El madrugador”, se enfrenta todos los días al desafío de hacer radio desde la calle para oyentes que también son protagonistas del ciclo. En una charla sin desperdicio, este radialista habla de sus desayunos con la audiencia, la falta de creatividad en las emisoras y la importancia de los productores con ideas. Todo eso, y más, en boca de un hombre que pone la voz cuando la ciudad duerme.

Por Mariano E. Pagnucco.

La noche va mutando de intensidad hasta que se prueba las ropas del nuevo día. En ese devenir silencioso, mientras la ciudad se toma un respiro, la noche es el refugio de los solitarios. ¿Pero acaso es el silencio la cortina musical de la madrugada o será que los ecos de las calles despobladas son imperceptibles para los desprevenidos? Frente a eso, hay una certeza: en las horas que anteceden al sol, la radio aparece como la dama de compañía más fiel. ¿Cuáles son, entonces, los sonidos de la madrugada? “Es un pájaro que le contesta a un bondi que pasa lejos, con un perro que no entiende nada, que está encerrado. Un tipo que le murmulla algo a la almohada mientras apaga la radio porque ya se viene el día y se tiene que ir a trabajar. Una cortina donde aparece la temperatura y la hora. La puerta de un taxi que se cierra, fuerte, y resuena en el medio de una calle. El silencio más absoluto en el medio del bosque de Palermo. Un cura que se levanta, un hospital con ruido a guardia.” Tal definición sólo le cabe a un oyente avezado ó a un madrugador empedernido. Martín Jáuregui es ambas cosas a la vez. Tiene 46 años, es documentalista, viajero, cartógrafo aficionado, narrador, padre de familia, conductor y amante –o viceversa– de la radio. Hace dos años conduce El madrugador, por Radio del Plata, de lunes a viernes, entre las 4 y las 6 de la mañana.

“Yo soy un mero puente, trato de aparecer siempre como el mediador, el que coordina los hilos de esa situación de la radio a la madrugada. Es un programa de radio hecho por un conductor, producción, un chofer y un montón de gente que está del otro lado”.

Me parece que en estas definiciones está plasmada la simpleza y, a la vez, la complejidad de la radio.
Claro. Simpleza porque la radio va, vos la prendés y va. Todo lo que pase en el medio, entre el oyente y vos, es un fenómeno físico donde el parlante se agita y te escuchan a través del micrófono. Hoy a la mañana le mostré, por radio, las fotos de una cabalgata que hice a un amigo al que habitualmente voy a visitar. ¿Cómo hago eso? Un maestro, Juan Alberto Badía, me enseñó que vos tenés que contar todo, entonces decís “esta foto en la que estoy a caballo, un poco mal aspectado porque tenía sueño, con un caballo bayo y mi campera roja que resalta en la foto… bla, bla, bla”. Ahí es donde aparece la complejidad del lenguaje radial. No porque sea difícil sino porque es complejo, algo que necesita estructurarse, articularse, tener un lenguaje y un código con quien te escucha. Si yo digo, por ejemplo, “estaba muy mal la tempa”, los que escuchan El madrugador saben que la tempa es la temperatura. Ahí radica la complejidad del lenguaje, que se edifica a partir de que uno se comunica con un oyente. Pero por otro lado, es de una sencillez pasmosa: un tipo hablando por un micrófono y el otro escuchando. Eso es mágico.

También ocurre que el oyente de la madregada se conecta de una manera especial con la radio.
Porque no tiene otra cosa que hacer que escuchar radio. Muchas veces la radio es la compañía de otra actividad: está el vigilador, el enfermero, el que cuida a un enfermo, los que estudian, los colectiveros, los taxistas, los camioneros, los basureros… Esa fauna particular, amorosa, es la que hace el programa conmigo.

Y vos los involucrás, no son simples oyentes.
¡Yo me meto en las casas de los oyentes! Es un fenómeno que nunca ocurrió en la radio. Si bien Julio Lagos hacía Despierto y por la calle, nunca se metió en la casa de la gente a entregar un premio. Lo digo con todo el respeto y el cariño que tengo por Julio, que es el pionero, el que comenzó con esta idea y la hizo muy bien con su estilo. De personas como él se aprende todo el tiempo. Pero meterse en la casa de la gente y hablar de bueyes perdidos, creo que soy el único.

El vínculo que generás con los oyentes es muy cercano, hay una mística compartida.
Yo creo que es la confianza que me tienen los oyentes porque se la transmito a través del micrófono. Si yo escuchara a Jáuregui del otro lado, no sé si le abriría la puerta. Por eso lo agradezco, es un acto de amor muy grande de la gente, no tienen porqué abrirme la puerta de sus casas. Muchos me atienden en el porche; en estos dos años he conocido todos los porches, halls y patios de la Capital Federal. Y también muchas casas, y he desayunado con la gente. Si hay un acto íntimo en la familia, es el desayuno, porque ahí se planifica el día que comienza, y resulta que está Jáuregui, que es un señor que habla por radio. Es importante para mí hacer un programa que tiene ese porte, esa cosa.

¿Hay historias de las que conocés a diario que te trascienden y con las que te terminás involucrando?
Y… sí, la gente que está en la calle. Hay mucha gente en situación de calle que uno ve todos los días. O esas historias notables de personajes que están vivos detrás de un sueño en la madrugada, y por ahí están trabajando o creando. Son tipos, tipas, varones y mujeres, argentinos y argentinas que están ahí con una ilusión y están trabajando por esa ilusión. En esa ilusión, sueñan, y están de madrugada despiertos con un insomnio de ese momento. Eso me hace emocionar hasta las lágrimas, ver gente que aún cree: primero, en su capacidad, lo cual es extraordinario; y después, en un país que le da una chance.

EL DIAL ENTRE CABEZAS VOLADORAS Y OBVIEDADES.

Jáuregui vuelca en sus recorridas nocturnas el aprendizaje radiofónico de más de una década al lado de su “maestro”, Badía, con quien ahora comparte la pantalla televisiva en Estudio País Bicentenario; también está presente su formación como documentalista, que le permitió formar parte del recordado ciclo Historias de la Argentina secreta; y, antes que nada, su pasión por la radio. Esa pasión hace que cada programa sea una búsqueda para él, pero también le permite pensar la radio, analizarla y atacar a los que la maquillan sin encontrar, en lo profundo, la auténtica belleza que tiene a sus 90 años.

Hay un hecho paradójico que también forma parte de la magia del medio: vos, que has recorrido muchos kilómetros porque te gusta viajar, tenés la posibilidad de hacer viajar a la gente con sólo hablarle al micrófono parado en una esquina.
Es un concepto que yo inventé: cabeza voladora. Es cuando la cabeza se te desprende del cuerpo, literalmente, y va a otro lado. Vos podés estar acostado con tu cabeza física pegada –porque si no te morís–, pero tu cabeza voladora está viajando. ¿Y sabés qué? Pueden viajar todos; no hay ciegos, rengos, paralíticos, hombres, mujeres, niños o niñas. La cabeza voladora va, y como va hace que vos estés donde quieras.

¿Cuál es el programa que soñás hacer?
Me gustaría tener un programa a la tarde, pero no la vuelta; de 14 a 17, por ejemplo. ¿Por qué? Porque hay un montón de cosas para hacer de 14 a 17. Primero, porque la mañana se la morfó la gente que habla de Lilita Carrió… horrible, ése es otro desafío. El día que en este país a algún productor de radio con dinero se le ocurra hacer un programa a la mañana que no levante la agenda de los diarios, se va llenar de plata, porque la gente lo va a escuchar. Vos hacés zapping por la radio de 9 a 12 del mediodía y todos hablan de lo mismo, de lo que salió en la tapa de Clarín, de La Nación, de Crónica. (Se va enojando.) ¡Es una mierda! ¿Desde cuándo la radio, que es autónoma, tiene que seguir la agenda de un diario? Es una mierda porque lo que hacen es seguir el estilo informativo de las cadenas y de los grupos que tienen la información en sus manos.

¿No se termina de explotar en su totalidad el lenguaje de la radio y sus posibilidades?
Claro, es como un niño al que vos le enseñás 600 palabras para que empiece a hablar, pero le decís “sólo podés usar 100”. Que la radio tome la información de un medio gráfico que salió cuatro horas antes y que ya está viejo cuando va a la calle, es una ridiculez. Pero es un muy cómodo para los productores que no mueven el orto de la silla y te contestan cosas como “hoy no podemos hacer tal cosa porque no hay internet”. Yo lo escuché y le contesté “vos sos un hijo de puta, porque cuando yo trabajaba no había internet, había teléfono y diario”. Me pongo así porque amo la radio. Y repito: el día que un productor con dinero se dé cuenta que a la mañana ponés un radioteatro y dejás que la información sea solamente el informativo, cada media hora, y de 9 a 13 vos tenés segmentos como, por ejemplo, la media hora de Los Beatles, esa radio gana. ¡La gente está podrida de que le lean el diario por radio! Pero nadie se anima a decírselo a los dueños de las radios, porque los tipos están pensando en otra cosa. ¿Se habrán acabado las ideas? Yo creo que no.
El productor –aparte de que en algunos casos no le da la cabeza– es víctima del trabajo mal pago que tiene y debe recurrir a lo primero que tiene a mano para sacarse de encima una situación que lo apremia. Ahí es cuando yo me pongo del lado del productor y digo “es una mierda”. Le pagan mal, gana cinco, le exigen por mil y tiene cero recursos… ¿quién puede trabajar bien en esas condiciones? Seamos honestos, esto pasa muy seguido en la radio. Entonces caés en el recurso del conductor, el conductor sabe todo. Todo el mundo dice “vamos por lo obvio”, nosotros decimos “vamos por lo otro”. Lo obvio se hace tan presente que terminás escuchando un solo programa en todo el dial.

Las inquietudes del madrugador son tan amplias que la entrevista discurre por carriles diversos, aunque esos caminos siempre conducen a la radio, como si todos los planetas de la constelación Jáuregui orbitaran en torno a la misma estrella guía. De pronto, la figura de él se asemeja a la de un astronauta que sale a enfrentar a cada momento el misterio de un universo que espera ser explorado: la noche porteña, con sus historias, sus fantasmas y su gente. Entonces, la pregunta cae de madura.

En un punto, tu trabajo es como el del artista que siempre tiene la hoja en blanco adelante. Vos salís a la calle sin una rutina, a encontrarte con lo que surja. ¿Te da miedo pensar que no va a pasar nada o tenés la certeza de que siempre va a pasar algo?
Siempre aparece algo… es más, he roto guiones en la mitad de la mañana porque era mejor lo que estaba pasando que lo que había pensado. No tengo terror al vacío, no me pasa nada con eso. Es un desafío lindo. ¿La madrugada qué es? La luz del día que empieza a aparecer, y la luz es blanca. Bueno, la hoja en blanco es fascinante, es mi materia. A partir de eso, todo, no hay límites. Lo mío es una hoja en blanco eterna.

¿Quién se siente representado por la radio?

Preguntas y reflexiones sobre el rol de la radio como medio por donde pasa la vida.

Por Marcelo Cotton


En estos tiempos, los medios representan nuestras vidas y nuestras vidas son representadas por los medios. Vivimos la realidad a través de una pantalla, un titular de un periódico o un “último momento” en la radio. Las representaciones de la realidad ordenen –o desordenan- la vida cotidiana. Por eso cabe preguntarse si en esas representaciones estamos realmente representados.

La radio (su lenguaje) impone –como cualquier otro medio de representación- sus propias reglas, representa una realidad con sonidos, música y palabras. La radio es la banda sonora de nuestros días. Como una película que proyecta una historia, la radio se convierte en esa pantalla por la cual pasa la “vida” que hay más allá de nosotros, incesantemente, mientras la escuchamos.

Pero en esta radio plagada de actualidad, primicias -informativas y musicales- y especulaciones sobre nuevas primicias, la realidad se ha convertido en un torrente espeso, una representación de nuestro lado más agresivo y acuciante. Aunque no todo el tiempo ni en todos los casos. Cuando uno enciende la radio y mueve el dial, busca una representación –en el mejor de los casos, busca sentirse representado- y, como en cualquier historia es más interesante cuando, de algún modo, ésta nos hace sentir parte. Y, aunque el dial explote de distintas frecuencias, muchas veces nos encontramos con una sola obra, una sola, donde, en distintas versiones, se representa un día tras otro, la tragedia de la “realidad”. Esa de los tiranos que gobiernan un país o, en su versión reversa, la de los tiranos que no dejan gobernar. Los “buenos” contra los “malos” es un argumento que ha caído en desgracia, por fortuna, pero aún no en la radio y lo más desdichado aún, es que ambos, los que luchan por el bien y/o el mal –si es que podemos ubicarlos en dos bandos opuestos- son los representantes del poder, y no, como en las clásicas historias de héroes, el hombre común contra el poderoso. Porque, aunque el éter se pueble de voces de oyentes, los que el conductor suele llamar “la gente común”, éstos no son más que espectadores de la farsa, rara vez protagonistas.

Pero no se alarme. Si usted quiere formar parte de la historia y ser visible en los medios masivos de comunicación, puede serlo. La única e indispensable condición es que debe producir un impacto noticioso.

No es casual ni forma parte de una “moda” que las protestas adopten el modo de corte de rutas y avenidas, o de “tomas” de instituciones. En esta representación de la “realidad” la protesta pacífica es invisible. El cuadro de representación no excede los límites del impacto noticioso.

Cuando se habla de nuevas leyes que produzcan una apertura respecto de los detentores del poder mediático, en el meollo de la cuestión de lo que se trata es de de producir nuevos modos de representación. Cuando se insiste con la necesidad de que haya “nuevas voces”, no se pretende que sean más voces que representen lo mismo, sino nuevos relatos que representen más y diversas voces.

Si en el cine existen las historias de amor adolescente, las de terror, las de fantasía, las de detectives, las de presos políticos… ¿en la radio podremos encontrar una diversidad que la haga realmente representativa?

En este momento hay una mujer que asume que es homosexual frente a su padre. Hay una madre que da a luz a un niño en la selva misionera. Hay un grupo de trabajadores mineros que soportan enfermedades derivadas de la explotación a la que son expuestos. Hay un automóvil avanzando cuando el semáforo está en rojo y un anciano a punto de cruzar. Hay un hombre en situación de calle esperando que cierre el restaurant para atacar las sobras. Hay un funcionario municipal recibiendo una donación de un empresario hotelero. Hay una danza primitiva para alabar al sol. Hay una especie animal menos. Hay una caricia en un rostro de alguien que lo necesitaba…

Hay tanto para contar y hay tantas representaciones posibles que la radio puede y debe explorar. Sería un atentado a la cultura (la de todos, no la de las elites) que lo ignore en función de su única representación de la realidad que empieza y no termina cada día desde aquel tiempo en que la TV le arrebató la ficción.

Como demuestra la historia (y las fuerzas de la naturaleza), mientras en la superficie se tejen los hilos del presente inmediato, en los subterfugios se gestan nuevos códigos, nuevas representaciones, nuevos aires. Eso es lo que está sucediendo. Habrá que poner a punto el olfato para acariciar el nuevo aire, y saber respirarlo. Para poder representar al barrio, al pueblo, al vecino, a la enfermera, al albañil, a la comunidad.

viernes, 3 de septiembre de 2010

El sueño de Susini.

Una mujer fanática de la radio sueña que le hace una entrevista al argentino Enrique Susini, uno de los “locos de la azotea” pioneros de la radiodifusión (fragmento del programa “Secretos Argentinos”).

Autor: Víctor Agú.





Algarrobo querido.

Payada gauchesca sobre la fragilidad humana y la fuerza de la naturaleza.

Autor: Carolina Miranda.





Rebelión en los cuentos.

Los personajes de los cuentos clásicos organizan una revuelta para cambiar sus destinos.

Autor: Grupo Teatro del Aire (Venezuela)







EL MANIFIESTO PESOA.

Por Quique Pesoa

Tiene razón el Bigote Acosta: tecnológicamente, los medios se han desarrollado a una velocidad vertiginosa. No así el mensaje, que está para atrás en cuanto a su contenido. Los periodistas y comunicadores somos cada vez más berretas y vacíos y, lo que es peor, somos pocos los que nos damos cuenta. El resto ha naturalizado esta situación. Encima desconocemos absolutamente las nuevas herramientas. Ni contenido, ni continente. Ni fondo, ni figura. Y hace noventa años que venimos haciendo radio. Esto, sin duda, es otra derrota.

Tuve la suerte de conocer a Fidel. Me/nos dijo que el sistema está hipertrofiado y hay que buscar las grietas que tiene para colarnos como ratones.

Estoy en San Marcos Sierras desde hace seis años. A 150 km al NO de Córdoba capital. Tengo una hostería, La Merced, que recomiendo. Armé aquí un estudio de audio y radio que me acompaña desde hace mucho tiempo. Incorporo todo el tiempo buenas tecnologías. Para el que entiende: Neumann, Manley VoxBox, Imacs, Pro Tools, etcétera.

Anécdota. Hace un tiempo ya, en un reportaje, el finado Guinzburg le pregunta a mi amigo Eduardo Aliverti qué haría si tuviese una radio. Contesta: “Lo repatriaría a Pesoa”. Usa, con buena intención, “repatriaría”. Claro, Pesoa se fue de la patria, sacó los pies del plato, se fue de Buenos Aires, está, como dijo el sabio Alexis Dolínades, “jugando al ermitaño”. Es decir, prácticamente es un nuevo desaparecido.

Contesto enojado: “En el interior también hay cosas que hacer, aunque la fama te sea esquiva, y queden lejos los martines fierros”. En una provincia feudalizada, con la pata de la Iglesia cuatrocientos años sobre la cabeza de la gente, el clientelismo político, la dependencia y el miedo... Ya lo creo que hay mucho por hacer.

Tengo una antena sobre la hostería, un transmisor M31 de apenas 40 watts que alcanza para que me escuche todo el valle y me odie parejo. ¿Por qué? Porque opino. Simplemente eso. Opino. Y aquí, la opinión, como concepto, no está bien vista. Hay mucho para intentar cambiar este estado de cosas. Para tratar de despertar el albedrío, que de por sí es libre. Falta pensamiento independiente, propio, personal.

Hace unos cuatro o cinco años llegó la banda ancha. Al principio la usaba como enlace con Radio Nacional Córdoba para hacer, desde mi casa, vía Internet, un programa semanal, El desconcierto del domingo, tres horas en un horario, de 11 a 14, por el que nadie se pelea ni discute. Sólo hace falta una compu común con un programita llamado Opticodec.

Un día llama un tipito de Firmat, Santa Fe, preguntando si podía bajar el programa y ponerlo al aire en su FM local. Preguntó cuánto costaba. Dije que nada. Que gracias por difundirlo. Hoy hay más de 110 emisoras que repiten El desconcierto en efeemes diseminadas por todo el país. No vivo de esto, no vendo publicidad. No es negocio y justamente eso es lo que lo mantiene a salvo de los Gollán, Vila, Manzano, Eurnekian y toda esa prole. Descubrí una grieta. La estoy usando. Sólo me preocupo por los contenidos. No es poca cosa.

LA RADIO: NOVENTA AÑOS DE PALABRAS Y SONIDOS DE LARGO ALCANCE.

Por Oscar Bosetti*

El 27 de agosto pasado, la Radiofonía nacional cumplió sus primeros noventa años. En ese zigzagueante recorrido -al igual que lo que pasa con la propia Historia Argentina- los parlantes radiofónicos hicieron públicos esas voces y esos sonidos que tanto encariñaron a la sociedad como la hundieron en los laberintos de sus propias encrucijadas. Así, las picardías costumbristas de la entrañable Marina Esther Traveso, o la atildada voz de Alberto Taquini informando sobre los avatares de la Segunda Gran Guerra, o las historias risueñas de La Revista Dislocada, o los susurros sexuados de una tal Betty Elizalde o de Nucha Amengual y las rimas pegadizas de algún reclame publicitario tuvieron que convivir con los marciales anuncios de un nuevo Golpe de Estado, los Comunicados de la Guerra de las Malvinas o los discursos de ajustes de recurrentes Ministros de Economía que la memoria quisiera olvidar.

En fin, en este sinuoso trayecto de nueve décadas no se puede hablar de una única, uniforme y homogénea Radio. Más preciso sería, entonces, dar cuenta de tantas Radios como momentos atravesamos y, aun así, para cada etapa habrá tantas Radios como intereses empresariales, políticos y mediáticos alcancemos a develar. Porque, a veces (muchas veces), como ocurría con los acusmáticos, las Radios son las sonoridades con las que se expresan ciertos grupos dominantes cuyas siluetas apenas podemos intuir en el enmarañado mapa de medios de nuestro país.

Partes del Aire

Las agujas de los monótonos relojes habían desequilibrado el perfecto ángulo recto de las nueve de la noche. Después fueron los pausados acordes musicales que introducían el Parsifal, aquel drama lírico elucubrado por el compositor alemán Richard Wagner (1813-1883). Un pequeño número de antenas de estoicos radioaficionados distribuido por la Ciudad Aldea apresó esa onda sonora, misteriosa y vermicular que durante casi tres horas se empeñó caprichosamente en difundir esa "audición llovida del cielo", como tituló el diario La Razón del día siguiente.

Desde aquella noche fundacional del 27 de agosto de 1920 impulsada por el entusiasmo de Enrique Telémaco Susini, Miguel Mujica, Luis Romero Carranza y César José Guerrico, han pasado noventa años y cientos de voces y sonidos han recorrido los inasibles surcos del éter radiofónico. Allí quedaron registrados los momentos de esporádicas alegrías o infinitas penurias que acompañaron la vida cotidiana de nuestra sociedad. Ahí se cruzan y conviven los personajes tiernos e irrepetibles de la gran Niní Marshall y la inconfundible máscara del candoroso “Felipe” de Luis Sandrini; la incuestionable ductilidad vocal de Pepe Iglesias, "El Zorro", y la ácida ironía de su tocayo Arias; los enfervorizados relatos de Luis María Sojit, Lalo Pelicciari o “El Gordo” José María Muñoz y las narraciones amables de los elegantes y atildados Fioravanti u Osvaldo Caffarelli en sus noches luminosas desde el Luna Park o -más acá en el tiempo- del multifacético Víctor Hugo Morales. Y, también perduran, las huellas dibujadas “en el aire” por Antonio Carrizo y Jorge “Cacho” Fontana, Héctor Larrea y Mario Pergolini, Elizabet Vernaci y Eduardo Aliverti, o Hugo Guerrero Marthineitz y Nora Perlé… En fin, de tantos y tantas que han habitado o aún moran en esos domicilios situados en una frecuencia del dial de la Amplitud Modulada o de la FM.

También allí están las historias impredecibles de Tarzán, Rey de la Selva para compartir la taza del café con leche humeante y las tostadas con manteca y dulce de leche y las sagas irrepetibles de un Poncho Negro invencible y fraternal o de un generoso Terry Atlas siempre dispuesto a cumplir con la arriesgada misión aérea que se le había encomendado y que él enfrentaba con coraje singular.

Para mas de una generación que primero vibró junto al aparato con formato de "capilla" o "catedral" y luego con la portátil "a transistores", la Radio es el medio inexorablemente asociado al discurrir de un universo compuesto por vocablos ríspidos o gentiles, extraños o familiares a fuerza de tanto sonar: "Mamarrachito mío", "Aquí Base Naval Puerto Belgrano", "Les habló el Amigo Invisible", "Deben ser los gorilas deben ser", "Informó: el boletín sintético de radio El Mundo", "He aquí las primeras noticias para este Boletín", "Venga del aire del sol /del vino de la cerveza...", "Sí amigos; ésta es la casa de los Pérez García", "Tu show nocturno exclusivo, Modart en la noche", "A partir de este momento las emisoras integrantes de la Cadena Nacional...", "... a las veinte y veinticinco...", "Cita de la juventud triunfadora". En fin, Mis Queridos Filipipones, Mis Estimados Escuchadores: "¡Ay Esmeralda! rascame la espalda...”

Un reinado incuestionable

Durante casi cuarenta años, la Radio urdió pacientemente las tramas de una identidad nacional y social que se organizó en base a palabras fugaces (pero destinadas a perdurar, por esa rara paradoja que envuelve a la Comunicación Radiofónica) y sonidos de largo alcance. Por ella, entonces, pasaron los momentos de destellante gloria del Tango y del Radioteatro, del Humor microfónico y del Deporte, de la música Folklórica y de la Información, del naciente Rock & Roll y las Charlas Pedagógicas. Eran los tiempos de la denominada Radio Espectáculo, ese período que se extendió entre 1932 y finales de los cincuenta, cuando en cada mente se diseñaron personales e intransferibles funciones teatrales solo vistas a través de las prolíficas miradas del imaginar.

Hasta que un día irrumpió un nuevo y engreído competidor: llegó la televisión y a la geografía familiar se incorporó el televisor. A partir de ese instante -ya estamos en los comienzos de los sesenta- la Radio tuvo que adecuarse a un tiempo que auguraba el inicio de un nuevo imperio avasallador y definitivo: el de la imagen. Sin embargo, resistió y pudo continuar su ciclo pese a los agoreros designios de quienes desalentaban su futuro o, directamente, decretaban su irremediable y pronta agonía.

Traspasados los umbrales de las nueve décadas de aquella emisión inaugural desde el teatro Coliseo de la Ciudad de Buenos Aires y del afanoso empeño de "Los Locos de la Azotea" para consumar ese hito, la Radio sigue conviviendo con todos nosotros pese a la contumaz acechanza de la vídeo-tele-cultura y de los sospechosos abrazos del omnipresente universo digital. En esa desapacible topografía, la radiofonía constituye un campo de referencias y evocaciones de imágenes, paisajes y acusticidades. Así, la Radio se hace imaginación con la voz, escenografía con la música, sonoridad con los efectos y sugerencias con el implacable silencio.

Cada componente del audio además de dar lo mejor de sí acompaña al resto de tales reflejos, creaciones e imaginaciones. Gracias a esta capacidad expresiva, la Radio hiperboliza la realidad. La sugerencia de la belleza de una persona instiga a la audiencia a que se proyecte su máximo ideal de hermosura y la representación acústica de una impar invasión marciana a la Tierra desata el pánico colectivo en una imborrable Noche de Brujas de 1938.

Sin imagen visual la Radio consigue crear su propia constelación de estrellas y perpetuarla. Aunque la voz se apague en las antenas persiste en la memoria colectiva o particular de cada uno, de cada una. Es el efecto de la cálida impregnación auditiva frente a la fría señal de lo visual.

Se dice con sólidos argumentos que los niños de las décadas en que no había TV preservan en su imaginario las voces de los locutores y actores de la época, reproducen las músicas que se imprimieron en sus recuerdos y repiten los nombres de sus astros preferidos. Se han quedado en algo más próximo y comunicativo formando parte de la vida íntima de cada oyente.

Al principio, se sabe, fue la palabra. No había escritura para transmitirla, pero sí expresión oral para pasarla de generación en generación, de comarca en comarca. Por eso, la Radio se une a la tradición oral, a lo primigenio, a lo más elemental (pero necesario) del ser humano. De ahí, por cierto, su penetración y arraigo. Y (¿por qué no?) su obstinada vigencia. ¿Acaso no es dable aventurar que habrá Radio mientras subsista el relato oral? ¿O que las radiofonías permanecerán incólumnes mientras el hombre no extravíe el verbo ni le ajenen el simple hecho de escuchar?

En tanto, los parlantes seguirán sonando y en este heterogéneo ecosistema de medios masivos que median, el relato radiofónico, por ejemplo, se seguirá enlazando con las narraciones tradicionales, convirtiendo a las transmisiones deportivas o a los programas informativos de la primera mañana en el romancero de nuestros días, en las coplas del ciego que cuentan los sucesos de esta implacable realidad cotidiana.

Pero… ¿solo con esto (con los relatos vibrantes enunciados desde un estadio de fútbol o con los Boletines Horarios inmiscuyéndose en los sinuosos repliegues de cada día) nos podemos conformar cuando nos ponemos a pensar en las narraciones que hoy se sobreviven en los parlantes? No tengo dudas: el poderoso potencial narrativo de la Radio sigue desafiando a la creatividad de los realizadores de este incitante Siglo XXI. Las respuestas no se pueden demorar.

En este trayecto de nueve décadas están encriptadas las claves o las cifras de esas otras tramas sonoras que serán parte de los nuevos aires que están por venir.

* Profesor Titular e Investigador de la Historia de la Radiofonía Argentina. Universidad de Buenos Aires, Universidad Nacional de Entre Ríos y Universidad Nacional de Quilmes. Fundador de FM UBA: 90.5, la Radio de la Universidad de Buenos Aires