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martes, 17 de julio de 2012

Víctor Agú: "El que no tenía dinero para el cine o el teatro, escuchaba ficción en la radio"



Heredero espiritual y material del talentoso Alberto Migré, con quien escribió cerca de 80 ficciones originales para radio, este autor rescata la raíz popular y argentina del género. En sus palabras aparece el gusto por contar historias, la defensa del trabajo artesanal y la incansable lucha por el reconocimiento de los que embellecen el éter con su pluma.

Por Mariano E. Pagnucco

Triste reflejo de las personas, el currículum vitae. Lo curioso es que en algunos países de habla hispana le llaman “hoja de vida”, como si un cúmulo de méritos académicos o una sucesión de trabajos en tal o cual actividad sirvieran acaso para asomarse a la raíz de la existencia humana.

El currículum de Víctor Agú dice que nació y se crió en un pueblo llamado Hersilia, al noroeste de la provincia argentina de Santa Fe. Que de joven arribó a Buenos Aires con el deseo de desarrollarse como actor. Que más tarde conoció a Alberto Migré –uno de los autores de ficción más prestigiosos de todos los tiempos en la Argentina– y que a partir de ahí comenzó una carrera como guionista. Que juntos escribieron unas 80 obras de ficción para radio, más otros tantos guiones de televisión. Que recibió un número considerable de premios por su escritura para radio, televisión y teatro. Que… ninguno de los datos fríos de sus antecedentes profesionales describen mejor que su memoria el origen de su vocación revelada: “No sé conscientemente cuándo decidí ser autor. De chico, seguro que no; es casi imposible que un niño diga que cuando sea grande quiere ser autor… aunque mis juegos de la infancia delatan que tarde o temprano iba a convertirme en artista”.

En efecto, las primeras historias que contó Víctor Agú transcurrían en Hersilia, en tiempos en que la siesta y las carencias económicas le abrían paso a la imaginación. Heroínas y villanas, galanes y malevos hechos de palitos de escoba protagonizaban sus folletines de infancia. Un tiempo después, el influjo creador del niño se revolucionó al encontrar en la televisión las historias de desencuentros amorosos y pasiones tormentosas que proponía la pluma de un tal… Alberto Migré. Llegó a escribirle una carta, a los once años, para expresarle toda su admiración, la misma carta que décadas después el propio Migré le devolvió bien conservada.

En esa parábola curiosa que conecta a Agú con su maestro, hay una vida de por medio: con horas de trasnoche escribiendo a cuatro manos las historias que conmovieron a tantos otros, una relación de amistad paternalista y la secreta pasión por contar. Hoy día, Agú (el niño) es el heredero universal de la obra de Migré (el señor de la pluma). Una trama que ni al más prestigioso de los autores se le habría ocurrido.  

“Todo lo que yo sé de ficción radial, lo sé por Alberto, no me lo enseñó nadie –dice Agú sentado en su living porteño en una tarde invernal de 2012–. No había cursos. La herencia, en cuanto a la pasión por el formato… yo no había escuchado radioteatro, no soy de una generación que haya escuchado, o en mi casa no se escuchaba, no lo sé. De hecho, aprendí a amar el género porque lo compartí con él, porque éramos dos bestias del laburo. Hemos tenido jornadas de 25 o 27 horas sin dormir para escribir ficción radial, buscando una palabra”.

¿Cómo es eso de “buscando una palabra”?
Claro. Migré era un tipo que podía parar tres horas si no encontraba la palabra que tuviera música. Y en eso yo… cuando un actor me dice “¿no puedo decir tal cosa en vez de lo otro?”, le digo “no, porque necesito que la frase termine en O porque tengo un tema que empieza con O y quiero enganchar esa música y necesito que suene una orquesta”. Eso lo aprendí de Alberto. Eran horas de trabajo, y de verdad hemos parado dos o tres horas a veces porque la palabra no aparecía. No era simpleza, era simplemente; no, humildemente, pero no termina en mente, es humilde, pero no suena como empieza la frase o como termina la escena… En ese sentido, sí, aprendí, y trabajo muchas horas.

Cuando Agú habla del presente, se refiere a La radio en el teatro, un ciclo de ficción en el que hace adaptaciones de historias de Migré y luego las graba en vivo, con público presente y un elenco rotativo que encabeza la actriz Nora Cárpena. Las emisiones salen al aire todos los sábados, de 21 a 22, por Radio Provincia (AM 1270).

¿Por qué en esta era de YouTube y de podcast sigue apostando a la radionovela a la antigua, cuando el oyente de este tiempo no se da permiso para imaginar?
Yo no diría antigua, no es que quiera corregirte. Lo que yo estoy haciendo ahora son temáticas universales, modernas y con un ritmo y un tipo de laburo que está más adecuado a estos tiempos. No es, como hacíamos con Migré en Permiso para imaginar, una hora y media. El programa que yo hago ahora dura una hora, es mucho más dinámico. Incluso es una apuesta diferente en cuanto al tipo de actores que participan. Sí tiene mucho de aquello, como la presencia del público: en las grabaciones la sala se llena, son 120 asientos y siempre está lleno. Eso quiere decir que la gente está ávida de este tipo de eventos. También nos va bien en la radio con la devolución de los oyentes. Esta apuesta es una mezcla entre un montón de cosas que rescato de aquello, que es la presencia del público en la radio… la gente se viste, acá, ahora, hoy, como se vestían antes para ir a ver la grabación a la radio e ir a ver los elencos y las orquestas estables. Esto está muy bueno.

Otro rescate de la vieja época es el sonido en sala, que con el tiempo se fue perdiendo.
A la gente le atrae mucho el sonido en sala, y además yo estoy convencido de que si pongo todo digital, un día termina caminando igual Doña María de Barranco que la Nora de Ibsen. Porque todos los pasos son iguales, porque las puertas del 1600 cierran igual que las del 1800 y el sonido ambiente de Roma es igual al de Azul, en la provincia de Buenos Aires. No son los mismos sonidos. El sonido en sala tiene una artesanía diferente y también apunto mucho a lo artesanal, sigo creyendo en eso. Hace poco grabábamos una escena en la que los personajes nadaban. Sebastián, que hace los efectos en sala, hacía los cuerpos nadando. Entonces el actor labura con Sebastián, labura conmigo, labura con los técnicos y con el público. Esa conjunción me parece formidable. Digo: todo esto también lo podés subir a YouTube, también lo podés escuchar online. No implica que te alejes de las nuevas tecnologías, a las que yo apuesto y amo y las consumo. El tema es que yo creo mucho en lo nuestro como capital que hay que sostener, por eso también está lo del derecho de autor, lo que muchos autores pelearon. Eso está bueno para recuperarlo. Lo que está mal tirémoslo, pero la radio es nuestra, es un invento argentino. El radioteatro también es argentino y es un género popular de los más importantes que tuvimos en el área de las comunicaciones. Haber perdido el radioteatro, para mucha gente fue un duelo enorme, como sería si un día no tuviéramos fútbol. Hubo gente que se deprimió, y lo decía Freud: a partir de la radio la gente estuvo menos sola. Esos baches de soledad y esa ficción que vos podías escuchar siempre… porque el que no tenía guita para ir al cine o al teatro, se quedaba escuchando ficción en radio en familia. Eso es lo que intento recuperar, por eso me importa mucho –y no es elitismo– los sectores más pobres adonde poder llegar con la ficción y que la ficción sea lo más popular posible. Me gusta recuperar todo eso, y además está la fuente de laburo.

Cuando Agú habla de la radio, de la ficción en radio, de ese oficio secreto que aprendió al lado de Migré, se apasiona. Pone en juego su oficio y su corazón. Y defiende su arte: “Por otro lado, dicen que es antiguo el efecto en sala. ¿Y cómo hacen las sitcom? No ponen un disco. Si vos ves un backstage de Friends, los pasos de cada personaje tienen un peso. Un paso angustiado no es lo mismo que un paso de alguien enamorado. Después de que le diste el beso a la chica no caminás igual que si te dio un cachetazo y te fuiste solo. No caminás igual, no abrís igual la puerta. Ese tipo de cosas es bueno que las haga un actor y que el actor registre eso. Porque si yo los hago hablar mientras nadan y les pongo un disco de efectos, es probable que hablen normalmente y no registren que hay agua”.

Volviendo a la cuestión de las épocas, yo planteaba lo de los tiempos radiofónicos por el hecho de que los tiempos de la vida cotidiana también son diferentes. Antes la radio, en ausencia de la televisión, era un elemento que congregaba a la familia, eso de tomar la merienda escuchando Tarzán o estar pendientes de Los Pérez García. Me pregunto si ahora la audiencia se permite escuchar una hora entera de radio.
Tanto se lo permite que de lo contrario no tendríamos en el país el programa de ficción de radio más largo de la historia de la humanidad: Las dos carátulas (Radio Nacional, AM 870) tiene unos 75 años en el aire, ininterrumpidamente. Si un programa de una hora y media que es teatro en radio –mucho más tranquilo, más lento, sin tanta intervención de música, con otra estructura– se sigue sosteniendo y tanta gente lo escucha, quiere decir que funciona. Funciona también una ficción que a mí me gustaba mucho como la que hacía Mario Pergolini, funcionan las cosas que ustedes suben a la página de Narrativa radial que son muy lindas, funciona lo que hace Marcelo Camaño, Secretos argentinos. Lo de Camaño dura una hora, entre la artística y la parte de investigación, y lo que estamos haciendo con Nora Cárpena tiene unos 50, 55 minutos de artística. La gente se lo banca bien, creo, porque si no no irían al teatro a ver la grabación, a estar ahí y a disfrutar. El público se banca una obra de teatro de dos horas, lo importante es que sea interesante. Esto es como los que hablan de las escenas largas o cortas, del ritmo. Dicen “las escenas son cortas porque tienen que tener ritmo”. ¿Quién te dijo que el ritmo es corto o largo? ¡Por Dios! Si no, la cantidad de películas, de obras radiales, de obras de teatro que tienen una escena que dura veinte minutos. El tema del ritmo es saber escribir con ritmo, no quiere decir que tengas que escribir diez escenas para diez minutos. Estas no son obras de dos horas, no estoy tan convencido de que a alguien le parezcan de dos horas. Quizás es la falta de costumbre de escuchar. Sí creo que en este momento, cuanto más cortas, mejor; lo que no quiere decir que una obra larga no tenga ritmo.


Fragmento de La radio en el teatro (Radio Provincia, AM 1270; 2012).


En defensa del oficio de la palabra

El halo romántico que envuelve a la figura del autor –ese individuo cargado de bohemia que se abstrae de su propia realidad para sumergirse en los mundos posibles que nacen de su cabeza– se desvanece en la práctica concreta del trabajo de guionista. En el mundo real de los medios de comunicación, el día a día traza una delgada línea que divide dos escenarios bien opuestos: la soledad creativa del autor, el combustible necesario que da sustento a su oficio, tiene como contrapartida el alejamiento de sus pares, la disgregación del gremio (en tanto colegas) y la consecuente indefensión frente a las leyes de la industria. Como agregado, la primacía del rating, la flexibilización laboral y cierto ego propio del universo artístico (que alcanza por igual a los guionistas) han contribuido a que la palabra autor se fuera desvaneciendo en la trama siempre cambiante del show business. En consecuencia, a los autores se les plantea el desafío de transitar su propio “camino del héroe”.

Pensaba que quizás hubo un desplazamiento del concepto de autor, que históricamente estaba vinculado a aquél que escribía y la gente identificaba a autores como Alberto Migré o Abel Santa Cruz, y ahora ese concepto lo han tomado las noticias policiales, cuando en los informativos se habla del autor material o intelectual de un delito. ¿Son tiempos difíciles para los autores?
Sí, son tiempos difíciles, porque es verdad lo que decís. Antes, si hacías zapping, una frase identificaba a un autor: vos decías “esto es de Migré, esto es de Abel, esto es de Delia González Márquez, esto es de Celia Alcántara”. Y es más, un poco más acá también identificabas a Maestro, a Vainman y a algunos autores. Después, eso se perdió porque pasó a ser la obra del productor, o la novela de Suar. El autor… es como maestro, también está vulgarizada la palabra: “sos un maestro”, “sos un capo”. Y el autor, como vos decís, es el autor intelectual de un crimen, pero no de una obra, de una propiedad intelectual, de un hecho creativo, sobre todo en la televisión. Esto no sólo tiene que ver con una historia de los autores, que evidentemente no trabajamos lo suficiente como para que esto no pase, sino también con una entidad como es Argentores que fue perdiendo peso dentro de las producciones. Y bueno… no nos juntamos, se perdió. Ganó, sí, la productora.

Hasta se han llevado puesto el lema insignia de Argentores que es “Sin autor no hay obra”. Hoy pareciera ser “Sin productor no hay obra”.
Exacto.

Hay también hubo un desplazamiento de la escala de mérito o de reconocimiento del trabajo.
Sí, además el autor quedó devaluado con equipos autorales que está bueno que laburen juntos pero no en las condiciones en que laburamos juntos. Yo trabajé en Estados Unidos, por ejemplo. Ahí te reunís en una mesa de trabajo con el equipo autoral y estás mirando a los ojos a tus compañeros para proponer, para descartar, para debatir. Acá es un trabajo donde a veces ni se conocen los dialoguistas. Entonces ese estilo del que hablábamos antes, el estilo Migré o el estilo Marcia Cerretani, se fue perdiendo porque no se sabe bien de quién es esa letra, no tiene una música esa letra. Esto en tele, no así en radio, que pese a la poca ficción que hay el autor tiene su nombre en el lugar que corresponde. La obra es del que la escribe, porque ideas yo tengo ochenta, vos tenés ciento veinte y en un ratito somos autores de doscientas ideas. Yo te digo que la vecina de enfrente (Señala el ventanal que da al balcón.) en realidad está enamorada del señor que vive en aquel balcón pero ese señor ignora que la hermana de ella… y armo una historia, entonces soy el autor. ¡Escribí 200 capítulos! Ése es el autor.

La invisibilidad del autor en la radio también tiene que ver con ciertas tareas que no se le reconocen. No se trata únicamente de escribir ficción, también hay personas que piensan y escriben glosas, textos para presentar una canción, la estructura de un programa periodístico o la artística de una emisora. Pelear por el trabajo del autor es recuperar en parte esos espacios de reconocimiento, ¿no?
Si yo te digo, por ejemplo, “preparate un mate, bajás las luces, mirá que ya empieza”, eso es un trabajo de autor. Si yo escribí eso y alguien lo está diciendo, no sólo es un trabajo de autor, es un derecho de autor. La documentación de una historia documental, es un derecho de autor. Está quien lee esa investigación, toma algo y descarta otra cosa para después plasmarlo en un guión, que es un guión documental con una validez tan importante como en la ficción. Cuando yo fui dirigente de Argentores trabajé en aranceles de radio, los establecí y la junta directiva los aprobó por unanimidad. Hay aranceles de radio para documental, para ficción, para el sketch, para la glosa, para la ópera. Antes no existía el derecho de autor en radio, se cobraba un canon a todas las radios y se distribuía entre todos, entonces terminabas cobrando 20 centavos por un mes de trabajo. Esto que digo es literal, no es que inventé una cifra: cobrabas 20 centavos o menos, 10 centavos por mes. Por ejemplo, yo lo escucho a Víctor Hugo Morales. El tipo empieza el programa por algún lugar, hay un tronco, un eje en el programa –salvo que la actualidad se lo haga cambiar– y al final llega a determinado lugar. Por algo pone la poesía en tal momento y por algo pensó que hoy los nocturnos de Chopin pueden pegar mejor que si pone a Vicentico. Eso es porque pensó un programa, lo estructuró y tiene un equipo de producción que arma ese programa. Ahí hay un derecho de autor de él con su equipo o como quieran plantearlo, y la radio debe pagar ese derecho de autor.

El caso de las radios privadas es muy particular, porque ahí se apuesta a lo seguro. Por eso se pagan contratos de seis cifras a ciertas estrellas, se arma una mesa de radio y son cuatro horas corridas de charla, cuando se podría hacer algo más rico desde el punto de vista artístico.
Creo que es una cuestión de que los privados no tienen el criterio. Es raro, porque algunas radios funcionan bien y me parece que con lo que ganan un par de locutores en algunas radios, con cada sueldo hacés tres meses de ficción. Yo entiendo, le pagan a un tipo para un programa periodístico muchísima plata porque vende ideología, entonces esa plata la recuperan por otro lado. Pero al menos deberían pensar en disimular un poco ese tipo de cosas y decir “pongamos ficción, hechos artísticos”. Está claro que siempre vendemos ideología, más allá de que yo te cuente una historia… pero no ostensiblemente (Risas.). En todo caso, vos decidís si te gusta o no, si lo escuchás o no, porque no deja de ser ficción. No digo que lo dejen de hacer, que sigan pagando 140.000 o 160.000 pesos mensuales como les pagan a algunos, que lo paguen, es una historia de ellos. Lo que digo es que estaría bueno que les paguen 40.000 menos y con eso…

Se puede armar un equipo entero de ficción.
Y, sí, se puede trabajar. Se puede trabajar bien.  

Alguna vez dijo que no ha sido un gran oyente de radio en su infancia por el hecho de que no tenía acceso. Sin embargo, después de haber trabajado como autor en distintos medios, sigue eligiendo la radio. ¿Qué hay de verdad en el asunto de la magia de la radio? Aunque hablar de esto suene trillado…
No, pero hay pureza en la radio, hay más pureza. Desde el lugar de autor a mí me pasan cosas… desde el lugar de autor y también de oyente. Me pasa algo muy loco que es cómo me dispara la cabeza. Yo recuerdo algo que me pasó en Disney. Pese a mis diferencias ideológicas con Disney, cuando entré me caí de culo, dije “¡qué bueno que está todo esto!”. Me llamó mucho la atención desde lo creativo. En una de las atracciones entrás a un espacio donde pasan una película, que se corta cuando van dos pibes en bicicleta en una ruta y pinchan una goma. A partir de ahí, se apagan las luces y es todo audio. De golpe empieza a lloviznar y te cae una llovizna real que te moja, mientras vas escuchando cómo putean los pibes porque no encuentran las herramientas. También escuchás la ruta y los sonidos te pasan de un oído a otro, entonces los autos hacen “zuuuuuuum, zuuuuuuuuum”. Yo veía que iban a chocar el culo del tipo, como que estaba mal puesto en la ruta. Empecé a ver un montón de cosas, a visualizar tanta historia, tanto, tanto, tanto. De a poco vuelven las luces y deja de llover porque se escucha que cierran las puertas, que los pibes entraron. La película sigue, ellos se van y no sé qué. No me importó más nada de lo que vi.

El famoso “teatro de la mente”.
La radio todo el tiempo me genera eso, me genera mucho más de lo que realmente está pasando. Por otro lado, ya sea como autor o como oyente, tengo muchas posibilidades… de volar. Como autor ni hablar, yo puedo contar la vida de Nijinsky y en televisión no lo podría hacer. Puedo contar la vida de Belgrano, cuando creó la bandera, desde que nació hasta que murió, en media hora; lleno de efectos, cosas, el himno y Saavedra que le dice algo. Todo lo puedo hacer. En televisión tengo que ver qué producción hay, cuántos exteriores tiene… ¡Eso me mata creativamente! Me parece mucho más fascinante la cantidad de cosas que se pueden producir en radio. Y como escucha, la cantidad de cosas que puedo escuchar. (Piensa.) Es como la música, dispara. Y también por la pureza. Me da la sensación, y también parece trillado o dicho, que la palabra tiene un peso muy especial. Y que por algo lo primero que hacemos es oír y lo último que hacemos es oír.


Fragmento de Permiso para imaginar (Radio Ciudad, AM 1110; 2001).

miércoles, 24 de noviembre de 2010

"Lo obvio se hace tan presente que terminas escuchando un solo programa en todo el dial"

Entrevista a Martín Jáuregui.

Con “El madrugador”, se enfrenta todos los días al desafío de hacer radio desde la calle para oyentes que también son protagonistas del ciclo. En una charla sin desperdicio, este radialista habla de sus desayunos con la audiencia, la falta de creatividad en las emisoras y la importancia de los productores con ideas. Todo eso, y más, en boca de un hombre que pone la voz cuando la ciudad duerme.

Por Mariano E. Pagnucco.

La noche va mutando de intensidad hasta que se prueba las ropas del nuevo día. En ese devenir silencioso, mientras la ciudad se toma un respiro, la noche es el refugio de los solitarios. ¿Pero acaso es el silencio la cortina musical de la madrugada o será que los ecos de las calles despobladas son imperceptibles para los desprevenidos? Frente a eso, hay una certeza: en las horas que anteceden al sol, la radio aparece como la dama de compañía más fiel. ¿Cuáles son, entonces, los sonidos de la madrugada? “Es un pájaro que le contesta a un bondi que pasa lejos, con un perro que no entiende nada, que está encerrado. Un tipo que le murmulla algo a la almohada mientras apaga la radio porque ya se viene el día y se tiene que ir a trabajar. Una cortina donde aparece la temperatura y la hora. La puerta de un taxi que se cierra, fuerte, y resuena en el medio de una calle. El silencio más absoluto en el medio del bosque de Palermo. Un cura que se levanta, un hospital con ruido a guardia.” Tal definición sólo le cabe a un oyente avezado ó a un madrugador empedernido. Martín Jáuregui es ambas cosas a la vez. Tiene 46 años, es documentalista, viajero, cartógrafo aficionado, narrador, padre de familia, conductor y amante –o viceversa– de la radio. Hace dos años conduce El madrugador, por Radio del Plata, de lunes a viernes, entre las 4 y las 6 de la mañana.

“Yo soy un mero puente, trato de aparecer siempre como el mediador, el que coordina los hilos de esa situación de la radio a la madrugada. Es un programa de radio hecho por un conductor, producción, un chofer y un montón de gente que está del otro lado”.

Me parece que en estas definiciones está plasmada la simpleza y, a la vez, la complejidad de la radio.
Claro. Simpleza porque la radio va, vos la prendés y va. Todo lo que pase en el medio, entre el oyente y vos, es un fenómeno físico donde el parlante se agita y te escuchan a través del micrófono. Hoy a la mañana le mostré, por radio, las fotos de una cabalgata que hice a un amigo al que habitualmente voy a visitar. ¿Cómo hago eso? Un maestro, Juan Alberto Badía, me enseñó que vos tenés que contar todo, entonces decís “esta foto en la que estoy a caballo, un poco mal aspectado porque tenía sueño, con un caballo bayo y mi campera roja que resalta en la foto… bla, bla, bla”. Ahí es donde aparece la complejidad del lenguaje radial. No porque sea difícil sino porque es complejo, algo que necesita estructurarse, articularse, tener un lenguaje y un código con quien te escucha. Si yo digo, por ejemplo, “estaba muy mal la tempa”, los que escuchan El madrugador saben que la tempa es la temperatura. Ahí radica la complejidad del lenguaje, que se edifica a partir de que uno se comunica con un oyente. Pero por otro lado, es de una sencillez pasmosa: un tipo hablando por un micrófono y el otro escuchando. Eso es mágico.

También ocurre que el oyente de la madregada se conecta de una manera especial con la radio.
Porque no tiene otra cosa que hacer que escuchar radio. Muchas veces la radio es la compañía de otra actividad: está el vigilador, el enfermero, el que cuida a un enfermo, los que estudian, los colectiveros, los taxistas, los camioneros, los basureros… Esa fauna particular, amorosa, es la que hace el programa conmigo.

Y vos los involucrás, no son simples oyentes.
¡Yo me meto en las casas de los oyentes! Es un fenómeno que nunca ocurrió en la radio. Si bien Julio Lagos hacía Despierto y por la calle, nunca se metió en la casa de la gente a entregar un premio. Lo digo con todo el respeto y el cariño que tengo por Julio, que es el pionero, el que comenzó con esta idea y la hizo muy bien con su estilo. De personas como él se aprende todo el tiempo. Pero meterse en la casa de la gente y hablar de bueyes perdidos, creo que soy el único.

El vínculo que generás con los oyentes es muy cercano, hay una mística compartida.
Yo creo que es la confianza que me tienen los oyentes porque se la transmito a través del micrófono. Si yo escuchara a Jáuregui del otro lado, no sé si le abriría la puerta. Por eso lo agradezco, es un acto de amor muy grande de la gente, no tienen porqué abrirme la puerta de sus casas. Muchos me atienden en el porche; en estos dos años he conocido todos los porches, halls y patios de la Capital Federal. Y también muchas casas, y he desayunado con la gente. Si hay un acto íntimo en la familia, es el desayuno, porque ahí se planifica el día que comienza, y resulta que está Jáuregui, que es un señor que habla por radio. Es importante para mí hacer un programa que tiene ese porte, esa cosa.

¿Hay historias de las que conocés a diario que te trascienden y con las que te terminás involucrando?
Y… sí, la gente que está en la calle. Hay mucha gente en situación de calle que uno ve todos los días. O esas historias notables de personajes que están vivos detrás de un sueño en la madrugada, y por ahí están trabajando o creando. Son tipos, tipas, varones y mujeres, argentinos y argentinas que están ahí con una ilusión y están trabajando por esa ilusión. En esa ilusión, sueñan, y están de madrugada despiertos con un insomnio de ese momento. Eso me hace emocionar hasta las lágrimas, ver gente que aún cree: primero, en su capacidad, lo cual es extraordinario; y después, en un país que le da una chance.

EL DIAL ENTRE CABEZAS VOLADORAS Y OBVIEDADES.

Jáuregui vuelca en sus recorridas nocturnas el aprendizaje radiofónico de más de una década al lado de su “maestro”, Badía, con quien ahora comparte la pantalla televisiva en Estudio País Bicentenario; también está presente su formación como documentalista, que le permitió formar parte del recordado ciclo Historias de la Argentina secreta; y, antes que nada, su pasión por la radio. Esa pasión hace que cada programa sea una búsqueda para él, pero también le permite pensar la radio, analizarla y atacar a los que la maquillan sin encontrar, en lo profundo, la auténtica belleza que tiene a sus 90 años.

Hay un hecho paradójico que también forma parte de la magia del medio: vos, que has recorrido muchos kilómetros porque te gusta viajar, tenés la posibilidad de hacer viajar a la gente con sólo hablarle al micrófono parado en una esquina.
Es un concepto que yo inventé: cabeza voladora. Es cuando la cabeza se te desprende del cuerpo, literalmente, y va a otro lado. Vos podés estar acostado con tu cabeza física pegada –porque si no te morís–, pero tu cabeza voladora está viajando. ¿Y sabés qué? Pueden viajar todos; no hay ciegos, rengos, paralíticos, hombres, mujeres, niños o niñas. La cabeza voladora va, y como va hace que vos estés donde quieras.

¿Cuál es el programa que soñás hacer?
Me gustaría tener un programa a la tarde, pero no la vuelta; de 14 a 17, por ejemplo. ¿Por qué? Porque hay un montón de cosas para hacer de 14 a 17. Primero, porque la mañana se la morfó la gente que habla de Lilita Carrió… horrible, ése es otro desafío. El día que en este país a algún productor de radio con dinero se le ocurra hacer un programa a la mañana que no levante la agenda de los diarios, se va llenar de plata, porque la gente lo va a escuchar. Vos hacés zapping por la radio de 9 a 12 del mediodía y todos hablan de lo mismo, de lo que salió en la tapa de Clarín, de La Nación, de Crónica. (Se va enojando.) ¡Es una mierda! ¿Desde cuándo la radio, que es autónoma, tiene que seguir la agenda de un diario? Es una mierda porque lo que hacen es seguir el estilo informativo de las cadenas y de los grupos que tienen la información en sus manos.

¿No se termina de explotar en su totalidad el lenguaje de la radio y sus posibilidades?
Claro, es como un niño al que vos le enseñás 600 palabras para que empiece a hablar, pero le decís “sólo podés usar 100”. Que la radio tome la información de un medio gráfico que salió cuatro horas antes y que ya está viejo cuando va a la calle, es una ridiculez. Pero es un muy cómodo para los productores que no mueven el orto de la silla y te contestan cosas como “hoy no podemos hacer tal cosa porque no hay internet”. Yo lo escuché y le contesté “vos sos un hijo de puta, porque cuando yo trabajaba no había internet, había teléfono y diario”. Me pongo así porque amo la radio. Y repito: el día que un productor con dinero se dé cuenta que a la mañana ponés un radioteatro y dejás que la información sea solamente el informativo, cada media hora, y de 9 a 13 vos tenés segmentos como, por ejemplo, la media hora de Los Beatles, esa radio gana. ¡La gente está podrida de que le lean el diario por radio! Pero nadie se anima a decírselo a los dueños de las radios, porque los tipos están pensando en otra cosa. ¿Se habrán acabado las ideas? Yo creo que no.
El productor –aparte de que en algunos casos no le da la cabeza– es víctima del trabajo mal pago que tiene y debe recurrir a lo primero que tiene a mano para sacarse de encima una situación que lo apremia. Ahí es cuando yo me pongo del lado del productor y digo “es una mierda”. Le pagan mal, gana cinco, le exigen por mil y tiene cero recursos… ¿quién puede trabajar bien en esas condiciones? Seamos honestos, esto pasa muy seguido en la radio. Entonces caés en el recurso del conductor, el conductor sabe todo. Todo el mundo dice “vamos por lo obvio”, nosotros decimos “vamos por lo otro”. Lo obvio se hace tan presente que terminás escuchando un solo programa en todo el dial.

Las inquietudes del madrugador son tan amplias que la entrevista discurre por carriles diversos, aunque esos caminos siempre conducen a la radio, como si todos los planetas de la constelación Jáuregui orbitaran en torno a la misma estrella guía. De pronto, la figura de él se asemeja a la de un astronauta que sale a enfrentar a cada momento el misterio de un universo que espera ser explorado: la noche porteña, con sus historias, sus fantasmas y su gente. Entonces, la pregunta cae de madura.

En un punto, tu trabajo es como el del artista que siempre tiene la hoja en blanco adelante. Vos salís a la calle sin una rutina, a encontrarte con lo que surja. ¿Te da miedo pensar que no va a pasar nada o tenés la certeza de que siempre va a pasar algo?
Siempre aparece algo… es más, he roto guiones en la mitad de la mañana porque era mejor lo que estaba pasando que lo que había pensado. No tengo terror al vacío, no me pasa nada con eso. Es un desafío lindo. ¿La madrugada qué es? La luz del día que empieza a aparecer, y la luz es blanca. Bueno, la hoja en blanco es fascinante, es mi materia. A partir de eso, todo, no hay límites. Lo mío es una hoja en blanco eterna.

lunes, 20 de abril de 2009

ENTREVISTAR: DECIR CON OTROS.

Por Marcelo Cotton
La entrevista, para quien la realiza, es un ejercicio de humildad. De comunicación. Entrevistar es abrir el micrófono a quienes saben sobre determinados temas y situaciones, ya sea por competencia teórica o por experiencia directa.
Aunque la conducción de la entrevista es responsabilidad del entrevistador, los entrevistados son las voces complementarias, las que suman, ahondan, desarrollan sobre los temas propuestos. Y para eso, para preguntar y llevar adelante una entrevista, es necesaria una dosis equilibrada de conocimiento e inocencia. La inocencia que lleva a la curiosidad, para ponerse en el lugar del oyente que quiere conocer. Y de conocimiento para, al mismo tiempo, saber mucho más que el oyente para poder guiar la entrevista por buen camino y hacia buen puerto.
Pero esto no siempre sucede y muchas entrevistas son llevadas adelante para cubrir baches, faltas, errores y carencias de una producción.
En tal sentido, abundan los “programas de entrevistas” cuyo objetivo no es sumar voces sino el lucimiento de un conductor (que habla y no escucha). O aquellos en los que la entrevista se presenta como una lucha entre entrevistador y entrevistado por la última palabra (situación que convierte a la entrevista en un debate desigual ya que siempre el entrevistador tiene la última palabra).
Abunda, sobre todo, la compulsión por “sacar al aire” a figuras mediáticas (bajo el falso concepto de que más buena es una entrevista cuanto más famoso es el entrevistado). Esta noción hace que el entrevistado se tome la licencia para opinar de cualquier cosa por el simple hecho de ser famoso. Y de este modo, aunque no sea a conciencia, se genera una sensación de impunidad, de desvalorización de la palabra, y de desigualdad social evidenciada en el hecho de que mientras los poderosos hablan y actúan, el resto no tiene voz.
Como dijo el escritor Fedor Dostowievsky: “Toda persona vista desde cerca es una buena historia”. Y en las entrevistas toda persona es un manantial de historias para contarse. Dependerá en buena medida del entrevistador darles el lugar y la forma.
Más allá de las reglas propias que cada entrevista tenga, definidas por su objetivo (informativas -o de divulgación-, valorativas -o de opinión-, vivenciales -o de experiencia-) y por su contexto (telefónicas, en estudio o en exteriores. En vivo o grabadas), toda entrevista es plural por naturaleza, es la ventana a otros mundos, a otras historias, a los saberes inexplorados de la actualidad, la historia, la ciencia y las personas.

lunes, 3 de noviembre de 2008

MANTENER VIVA LA PERCEPCION PERMITE COMUNICAR DE VERDAD POR RADIO


Cambió la ciudad por las sierras cordobesas. Y el periodismo por una hostería como fuente de trabajo y sostén económico familiar. Pero la radio nunca se fue de su vida. Desde su estudio en San Marcos Sierras transmite su programa por Internet, que es reproducido por más de treinta emisoras. Los domingos, lejos de la estructuras de los medios masivos, hace radio. Libre, fresca, agradable, crítica, amigable, graciosa… esa es la radio que sabe a Pesoa.

¿Podes vivir sin la radio?

Claro que puedo vivir sin la radio. Pero no es en la radio donde termina mi horizonte. Me gustan muchas otras cosas de esta corta vida. La carpintería, la construcción en general, la talabartería, jugar a hacer música en mi estudio; en el pasado hice el curso de piloto y me entusiasmé con el vuelo, me atrae el tiro con arco, hacer vino una vez al año… El gran tema es que todas estas cosas sirven para mantener viva la percepción, que es lo que te permite comunicar de verdad por radio.

¿Cuán diferente es hacer y escuchar radio desde San Marcos Sierras?

No puedo hablar de las diferencias de hacer y escuchar radio. Nunca fui un verdadero oyente de radio. Lo que sí puedo decirte es que en esta provincia donde vivo desde hace cinco años, la radio atrasa mucho. Hacen lo mismo que yo hacía en Rosario en la década del setenta, es decir, a los gritos, sin ninguna pausa y sin la menor idea del significado de la palabra contenido.

Una radio con contenido, con pausa, como la que haces vos es, de algún modo, ¿una radio antisistema?

No sé si calificarla como antisistema. Vivimos en él. Comemos de él. Negarlo y manotear algún vuelto por debajo de la mesa, atrasa la posibilidad de reconstruirnos. Aceptar el sistema tal cual es, me parece que es morir. No tengo recetas. Sólo atino a tratar de modificar el entorno que me toca.

¿Cuánto modifica ese contexto en el contenido de tu programa?

Creo que la geografía, el entorno social, el clima, todo contribuye a conformar un nuevo individuo. Siempre aborrecí la frase “no cambies nunca”... Me gusta ser distinto, me hace sentir vivo. Claro que hay guiños y estilos que son propios y uno lleva donde quiera que vaya.

¿Las “historias” que contás son diferentes a lo que podrías contar en Rosario o Buenos Aires?

A las historias también se les van sumando nuevas historias que enriquecen el relato.

¿Hay avidez de los vecinos por estas historias?

No sé si llamar avidez a lo que sienten los vecinos. A ver, creo que el ochenta por ciento de este pueblo me aborrece. Sólo por opinar sobre cuestiones, cualquiera sean. Aquí la opinión es mal vista. Hay mucho temor, nadie dice nada que lo pueda comprometer, hay mucho clientelismo, viejas prácticas feudales, una pata de la Iglesia puesta desde hace cuatrocientos años sobre la cabeza de la gente... Es como haber asistido a la desaparición del albedrío. Nadie le dice nada a nadie. Así que imaginate mi estilo de trabajo en medio de esta sociedad temerosa. Mucho más ahora que el programa se escucha por Radio Nacional en toda la provincia y encima, hay más de treinta emisoras en distintos puntos del país que repiten, en directo o en diferido, el programa de los domingos. Esto les produce, seguramente, cierta sensación de agorafobia al saberse con semejante exposición.

¿Qué puede hacer una radio, un programa o un comunicador por la reaparición del albedrío?

Y esa intención, es, creo, la que contribuye a plantear simples dudas entre los oyentes.
Con esa duda razonable me conformo. Con que no nos acostumbremos tanto a las cosas. La recuperación del albedrío pasa por la percepción, la intuición, el pibe ese que llevábamos adentro y que ahogamos con el paso del tiempo, pasa por no tragarnos todos los sapos, por recuperar el espíritu crítico y con todo ello, lograr ser un poco más felices, plenos, mejores.

¿Necesitabas libertad para hacer lo que quisieras hacer?

No, no necesitaba esa libertad. Siempre la tuve. Creo que no permití que me la quitasen.
Vinimos aquí por varias razones. Mejor calidad de vida. Un notable embudamiento de los medios hacia un pensamiento único. La certeza de la disminución de posibilidades de trabajo en libertad. etc.

Pasaron 5 años... ¿Cómo ves hoy a los medios -y a la radio en particular- en relación a ese pensamiento único? ¿Se agudiza o aparecen alternativas?

Las dos cosas. Se agudiza porque nadie saca los pies del plato y esto evita la formación de nuevos modelos. A los multimedios ya ni les hace falta censurar. Con la autocensura existente más el temor a perder la fuente de trabajo, listo. Es necesario reconocer nuestro evidente retroceso en materia de libertades, no ya sólo en las comunicaciones, también en la disminución constante de las posibilidades de elección que tenemos. ¿En qué consiste la libertad sin la capacidad de elegir? Treinta mil desaparecidos soñaron con un mundo diferente. Los que no desaparecimos, acompañamos ese deseo. Pues bien, llegó el momento de reconocer la derrota. Solo así podremos comenzar la reconstrucción. La guerra la perdimos. Nos quedan algunas batallas cotidianas por librar. Allí es donde aparece la radio, Internet, las redes abiertas, las grietas del sistema (Fidel dixit). Yo, personalmente, estoy trabajando sobre esas grietas. Formando redes gratuitas y libres para poder comunicar lo que quiero y debo comunicar. Es cierto, vivo de otra cosa, tengo una hostería en San Marcos Sierras. Pero esto no disminuye el valor de haber encontrado un espacio que crece desde el pie.