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Programa de radio producido por Narrativa Radial, centro de formación, estímulo y creación del relato en radio. www.narrativaradial.com.ar
sábado, 10 de noviembre de 2012
Programa 13, Temporada 2012
Las luchas y las conquistas dejan su huella eterna en la historia de un país y en la vida personal de cada uno de los protagonistas. En este programa, historias de mujeres de ex combatientes de la Guerra de Malvinas; y un poco más atrás, nos metemos en una conversación entre Manuel Belgrano y San Martín. Historias...a través de la radio.
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Programa 12, Temporada 2012
El 13 de Junio se celebra en Argentina el día del escritor. Vaya entonces un homenaje a ellos que colman nuestra vida de imaginación, sensibilidad, ficción, humor, reflexión...
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martes, 17 de julio de 2012
Víctor Agú: "El que no tenía dinero para el cine o el teatro, escuchaba ficción en la radio"
Heredero espiritual y
material del talentoso Alberto Migré, con quien escribió cerca de 80 ficciones
originales para radio, este autor rescata la raíz popular y argentina del
género. En sus palabras aparece el gusto por contar historias, la defensa del
trabajo artesanal y la incansable lucha por el reconocimiento de los que
embellecen el éter con su pluma.
Por Mariano E.
Pagnucco
Triste reflejo de las personas, el
currículum vitae. Lo curioso es que en algunos países de habla hispana le
llaman “hoja de vida”, como si un cúmulo de méritos académicos o una sucesión
de trabajos en tal o cual actividad sirvieran acaso para asomarse a la raíz de
la existencia humana.
El currículum de Víctor Agú dice que nació
y se crió en un pueblo llamado Hersilia, al noroeste de la provincia argentina
de Santa Fe. Que de joven arribó a Buenos Aires con el deseo de desarrollarse
como actor. Que más tarde conoció a Alberto Migré –uno de los autores de
ficción más prestigiosos de todos los tiempos en la Argentina– y que a partir
de ahí comenzó una carrera como guionista. Que juntos escribieron unas 80 obras
de ficción para radio, más otros tantos guiones de televisión. Que recibió un número
considerable de premios por su escritura para radio, televisión y teatro. Que… ninguno
de los datos fríos de sus antecedentes profesionales describen mejor que su
memoria el origen de su vocación revelada: “No sé conscientemente cuándo decidí
ser autor. De chico, seguro que no; es casi imposible que un niño diga que
cuando sea grande quiere ser autor… aunque mis juegos de la infancia delatan
que tarde o temprano iba a convertirme en artista”.
En efecto, las primeras historias que contó
Víctor Agú transcurrían en Hersilia, en tiempos en que la siesta y las
carencias económicas le abrían paso a la imaginación. Heroínas y villanas,
galanes y malevos hechos de palitos de escoba protagonizaban sus folletines de
infancia. Un tiempo después, el influjo creador del niño se revolucionó al
encontrar en la televisión las historias de desencuentros amorosos y pasiones
tormentosas que proponía la pluma de un tal… Alberto Migré. Llegó a escribirle
una carta, a los once años, para expresarle toda su admiración, la misma carta
que décadas después el propio Migré le devolvió bien conservada.
En esa parábola curiosa que conecta a Agú
con su maestro, hay una vida de por medio: con horas de trasnoche escribiendo a
cuatro manos las historias que conmovieron a tantos otros, una relación de
amistad paternalista y la secreta pasión por contar. Hoy día, Agú (el niño) es
el heredero universal de la obra de Migré (el señor de la pluma). Una trama que
ni al más prestigioso de los autores se le habría ocurrido.
“Todo lo que yo sé de ficción radial, lo sé
por Alberto, no me lo enseñó nadie –dice Agú sentado en su living porteño en
una tarde invernal de 2012–. No había cursos. La herencia, en cuanto a la
pasión por el formato… yo no había escuchado radioteatro, no soy de una generación
que haya escuchado, o en mi casa no se escuchaba, no lo sé. De hecho, aprendí a
amar el género porque lo compartí con él, porque éramos dos bestias del laburo.
Hemos tenido jornadas de 25 o 27 horas sin dormir para escribir ficción radial,
buscando una palabra”.
¿Cómo es eso de “buscando una palabra”?
Claro. Migré era un
tipo que podía parar tres horas si no encontraba la palabra que tuviera música.
Y en eso yo… cuando un actor me dice “¿no puedo decir tal cosa en vez de lo
otro?”, le digo “no, porque necesito que la frase termine en O porque tengo un
tema que empieza con O y quiero enganchar esa música y necesito que suene una
orquesta”. Eso lo aprendí de Alberto. Eran horas de trabajo, y de verdad hemos
parado dos o tres horas a veces porque la palabra no aparecía. No era simpleza, era simplemente; no, humildemente,
pero no termina en mente, es humilde, pero no suena como empieza la
frase o como termina la escena… En ese sentido, sí, aprendí, y trabajo muchas
horas.
Cuando Agú habla
del presente, se refiere a La radio en el
teatro, un ciclo de ficción en el que hace adaptaciones de historias de
Migré y luego las graba en vivo, con público presente y un elenco rotativo que
encabeza la actriz Nora Cárpena. Las emisiones salen al aire todos los sábados,
de 21 a 22, por Radio Provincia (AM 1270).
¿Por
qué en esta era de YouTube y de podcast sigue apostando a la radionovela a la
antigua, cuando el oyente de este tiempo no se da permiso para imaginar?
Yo no diría antigua, no es que quiera corregirte. Lo que yo estoy haciendo
ahora son temáticas universales, modernas y con un ritmo y un tipo de laburo
que está más adecuado a estos tiempos. No es, como hacíamos con Migré en Permiso para imaginar, una hora y media.
El programa que yo hago ahora dura una hora, es mucho más dinámico. Incluso es
una apuesta diferente en cuanto al tipo de actores que participan. Sí tiene
mucho de aquello, como la presencia del público: en las grabaciones la sala se
llena, son 120 asientos y siempre está lleno. Eso quiere decir que la gente
está ávida de este tipo de eventos. También nos va bien en la radio con la
devolución de los oyentes. Esta apuesta es una mezcla entre un montón de cosas
que rescato de aquello, que es la presencia del público en la radio… la gente
se viste, acá, ahora, hoy, como se vestían antes para ir a ver la grabación a
la radio e ir a ver los elencos y las orquestas estables. Esto está muy bueno.
Otro
rescate de la vieja época es el sonido en sala, que con el tiempo se fue
perdiendo.
A la gente le atrae mucho el sonido en
sala, y además yo estoy convencido de que si pongo todo digital, un día termina
caminando igual Doña María de Barranco que la Nora de Ibsen. Porque todos los
pasos son iguales, porque las puertas del 1600 cierran igual que las del 1800 y
el sonido ambiente de Roma es igual al de Azul, en la provincia de Buenos
Aires. No son los mismos sonidos. El sonido en sala tiene una artesanía
diferente y también apunto mucho a lo artesanal, sigo creyendo en eso. Hace
poco grabábamos una escena en la que los personajes nadaban. Sebastián, que
hace los efectos en sala, hacía los cuerpos nadando. Entonces el actor labura
con Sebastián, labura conmigo, labura con los técnicos y con el público. Esa
conjunción me parece formidable. Digo: todo esto también lo podés subir a
YouTube, también lo podés escuchar online. No implica que te alejes de las
nuevas tecnologías, a las que yo apuesto y amo y las consumo. El tema es que yo
creo mucho en lo nuestro como capital que hay que sostener, por eso también
está lo del derecho de autor, lo que muchos autores pelearon. Eso está bueno
para recuperarlo. Lo que está mal tirémoslo, pero la radio es nuestra, es un
invento argentino. El radioteatro también es argentino y es un género popular
de los más importantes que tuvimos en el área de las comunicaciones. Haber
perdido el radioteatro, para mucha gente fue un duelo enorme, como sería si un
día no tuviéramos fútbol. Hubo gente que se deprimió, y lo decía Freud: a
partir de la radio la gente estuvo menos sola. Esos baches de soledad y esa
ficción que vos podías escuchar siempre… porque el que no tenía guita para ir
al cine o al teatro, se quedaba escuchando ficción en radio en familia. Eso es
lo que intento recuperar, por eso me importa mucho –y no es elitismo– los
sectores más pobres adonde poder llegar con la ficción y que la ficción sea lo
más popular posible. Me gusta recuperar todo eso, y además está la fuente de
laburo.
Cuando Agú habla de la radio, de la ficción
en radio, de ese oficio secreto que aprendió al lado de Migré, se apasiona. Pone
en juego su oficio y su corazón. Y defiende su arte: “Por otro lado, dicen que
es antiguo el efecto en sala. ¿Y cómo hacen las sitcom? No ponen un disco. Si
vos ves un backstage de Friends, los
pasos de cada personaje tienen un peso. Un paso angustiado no es lo mismo que
un paso de alguien enamorado. Después de que le diste el beso a la chica no
caminás igual que si te dio un cachetazo y te fuiste solo. No caminás igual, no
abrís igual la puerta. Ese tipo de cosas es bueno que las haga un actor y que
el actor registre eso. Porque si yo los hago hablar mientras nadan y les pongo
un disco de efectos, es probable que hablen normalmente y no registren que hay
agua”.
Volviendo a la cuestión de las épocas, yo planteaba lo
de los tiempos radiofónicos por el hecho de que los tiempos de la vida
cotidiana también son diferentes. Antes la radio, en ausencia de la televisión,
era un elemento que congregaba a la familia, eso de tomar la merienda
escuchando Tarzán o estar pendientes
de Los Pérez García. Me pregunto si
ahora la audiencia se permite escuchar una hora entera de radio.
Tanto se lo permite que de lo contrario no
tendríamos en el país el programa de ficción de radio más largo de la historia
de la humanidad: Las dos carátulas (Radio
Nacional, AM 870) tiene unos 75 años en el aire, ininterrumpidamente. Si un
programa de una hora y media que es teatro en radio –mucho más tranquilo, más
lento, sin tanta intervención de música, con otra estructura– se sigue
sosteniendo y tanta gente lo escucha, quiere decir que funciona. Funciona
también una ficción que a mí me gustaba mucho como la que hacía Mario
Pergolini, funcionan las cosas que ustedes suben a la página de Narrativa radial que son muy lindas,
funciona lo que hace Marcelo Camaño, Secretos
argentinos. Lo de Camaño dura una hora, entre la artística y la parte de
investigación, y lo que estamos haciendo con Nora Cárpena tiene unos 50, 55
minutos de artística. La gente se lo banca bien, creo, porque si no no irían al
teatro a ver la grabación, a estar ahí y a disfrutar. El público se banca una
obra de teatro de dos horas, lo importante es que sea interesante. Esto es como
los que hablan de las escenas largas o cortas, del ritmo. Dicen “las escenas
son cortas porque tienen que tener ritmo”. ¿Quién te dijo que el ritmo es corto
o largo? ¡Por Dios! Si no, la cantidad de películas, de obras radiales, de
obras de teatro que tienen una escena que dura veinte minutos. El tema del
ritmo es saber escribir con ritmo, no quiere decir que tengas que escribir diez
escenas para diez minutos. Estas no son obras de dos horas, no estoy tan
convencido de que a alguien le parezcan de dos horas. Quizás es la falta de
costumbre de escuchar. Sí creo que en este momento, cuanto más cortas, mejor;
lo que no quiere decir que una obra larga no tenga ritmo.
Fragmento de La radio en el teatro (Radio Provincia, AM 1270; 2012).
En defensa del oficio de la palabra
El
halo romántico que envuelve a la figura del autor –ese individuo cargado de
bohemia que se abstrae de su propia realidad para sumergirse en los mundos posibles
que nacen de su cabeza– se desvanece en la práctica concreta del trabajo de
guionista. En el mundo real de los medios de comunicación, el día a día traza una
delgada línea que divide dos escenarios bien opuestos: la soledad creativa del
autor, el combustible necesario que da sustento a su oficio, tiene como
contrapartida el alejamiento de sus pares, la disgregación del gremio (en tanto
colegas) y la consecuente indefensión frente a las leyes de la industria. Como
agregado, la primacía del rating, la flexibilización laboral y cierto ego
propio del universo artístico (que alcanza por igual a los guionistas) han
contribuido a que la palabra autor se
fuera desvaneciendo en la trama siempre cambiante del show business. En
consecuencia, a los autores se les plantea el desafío de transitar su propio “camino
del héroe”.
Pensaba que
quizás hubo un desplazamiento del concepto de autor, que históricamente estaba vinculado a aquél que escribía y
la gente identificaba a autores como Alberto Migré o Abel Santa Cruz, y ahora
ese concepto lo han tomado las noticias policiales, cuando en los informativos
se habla del autor material o
intelectual de un delito. ¿Son tiempos difíciles para los autores?
Sí, son tiempos difíciles, porque es verdad lo que decís. Antes,
si hacías zapping, una frase identificaba a un autor: vos decías “esto es de
Migré, esto es de Abel, esto es de Delia González Márquez, esto es de Celia
Alcántara”. Y es más, un poco más acá también identificabas a Maestro, a
Vainman y a algunos autores. Después, eso se perdió porque pasó a ser la obra
del productor, o la novela de Suar. El autor…
es como maestro, también está
vulgarizada la palabra: “sos un maestro”,
“sos un capo”. Y el autor, como vos decís, es el
autor intelectual de un crimen, pero no de una obra, de una propiedad
intelectual, de un hecho creativo, sobre todo en la televisión. Esto no sólo
tiene que ver con una historia de los autores, que evidentemente no trabajamos
lo suficiente como para que esto no pase, sino también con una entidad como es
Argentores que fue perdiendo peso dentro de las producciones. Y bueno… no nos
juntamos, se perdió. Ganó, sí, la productora.
Hasta se han
llevado puesto el lema insignia de Argentores que es “Sin autor no hay obra”.
Hoy pareciera ser “Sin productor no hay obra”.
Exacto.
Hay también
hubo un desplazamiento de la escala de mérito o de reconocimiento del trabajo.
Sí, además el autor quedó devaluado con equipos autorales que está
bueno que laburen juntos pero no en las condiciones en que laburamos juntos. Yo
trabajé en Estados Unidos, por ejemplo. Ahí te reunís en una mesa de trabajo
con el equipo autoral y estás mirando a los ojos a tus compañeros para
proponer, para descartar, para debatir. Acá es un trabajo donde a veces ni se
conocen los dialoguistas. Entonces ese estilo del que hablábamos antes, el
estilo Migré o el estilo Marcia Cerretani, se fue perdiendo porque no se sabe
bien de quién es esa letra, no tiene una música esa letra. Esto en tele, no así
en radio, que pese a la poca ficción que hay el autor tiene su nombre en el
lugar que corresponde. La obra es del que la escribe, porque ideas yo tengo ochenta,
vos tenés ciento veinte y en un ratito somos autores de doscientas ideas. Yo te
digo que la vecina de enfrente (Señala el
ventanal que da al balcón.) en realidad está enamorada del señor que vive
en aquel balcón pero ese señor ignora que la hermana de ella… y armo una
historia, entonces soy el autor. ¡Escribí 200 capítulos! Ése es el autor.
La invisibilidad
del autor en la radio también tiene que ver con ciertas tareas que no se le
reconocen. No se trata únicamente de escribir ficción, también hay personas que
piensan y escriben glosas, textos para presentar una canción, la estructura de
un programa periodístico o la artística de una emisora. Pelear por el trabajo del
autor es recuperar en parte esos espacios de reconocimiento, ¿no?
Si yo te digo, por ejemplo, “preparate un mate, bajás las luces,
mirá que ya empieza”, eso es un trabajo de autor. Si yo escribí eso y alguien
lo está diciendo, no sólo es un trabajo de autor, es un derecho de autor. La
documentación de una historia documental, es un derecho de autor. Está quien
lee esa investigación, toma algo y descarta otra cosa para después plasmarlo en
un guión, que es un guión documental con una validez tan importante como en la
ficción. Cuando yo fui dirigente de Argentores trabajé en aranceles de radio,
los establecí y la junta directiva los aprobó por unanimidad. Hay aranceles de
radio para documental, para ficción, para el sketch, para la glosa, para la
ópera. Antes no existía el derecho de autor en radio, se cobraba un canon a
todas las radios y se distribuía entre todos, entonces terminabas cobrando 20
centavos por un mes de trabajo. Esto que digo es literal, no es que inventé una
cifra: cobrabas 20 centavos o menos, 10 centavos por mes. Por ejemplo, yo lo
escucho a Víctor Hugo Morales. El tipo empieza el programa por algún lugar, hay
un tronco, un eje en el programa –salvo que la actualidad se lo haga cambiar– y
al final llega a determinado lugar. Por algo pone la poesía en tal momento y
por algo pensó que hoy los nocturnos
de Chopin pueden pegar mejor que si pone a Vicentico. Eso es porque pensó un
programa, lo estructuró y tiene un equipo de producción que arma ese programa.
Ahí hay un derecho de autor de él con su equipo o como quieran plantearlo, y la
radio debe pagar ese derecho de autor.
El caso de
las radios privadas es muy particular, porque ahí se apuesta a lo seguro. Por eso
se pagan contratos de seis cifras a ciertas estrellas, se arma una mesa de
radio y son cuatro horas corridas de charla, cuando se podría hacer algo más
rico desde el punto de vista artístico.
Creo que es una cuestión de que los privados no tienen el criterio.
Es raro, porque algunas radios funcionan bien y me parece que con lo que ganan
un par de locutores en algunas radios, con cada sueldo hacés tres meses de
ficción. Yo entiendo, le pagan a un tipo para un programa periodístico
muchísima plata porque vende ideología, entonces esa plata la recuperan por
otro lado. Pero al menos deberían pensar en disimular un poco ese tipo de cosas
y decir “pongamos ficción, hechos artísticos”. Está claro que siempre vendemos
ideología, más allá de que yo te cuente una historia… pero no ostensiblemente (Risas.). En todo caso, vos decidís si
te gusta o no, si lo escuchás o no, porque no deja de ser ficción. No digo que
lo dejen de hacer, que sigan pagando 140.000 o 160.000 pesos mensuales como les
pagan a algunos, que lo paguen, es una historia de ellos. Lo que digo es que
estaría bueno que les paguen 40.000 menos y con eso…
Se puede
armar un equipo entero de ficción.
Y, sí, se puede trabajar. Se puede trabajar bien.
Alguna vez
dijo que no ha sido un gran oyente de radio en su infancia por el hecho de que
no tenía acceso. Sin embargo, después de haber trabajado como autor en
distintos medios, sigue eligiendo la radio. ¿Qué hay de verdad en el asunto de
la magia de la radio? Aunque hablar de esto suene trillado…
No, pero hay pureza en la radio, hay más pureza. Desde el lugar de
autor a mí me pasan cosas… desde el lugar de autor y también de oyente. Me pasa
algo muy loco que es cómo me dispara la cabeza. Yo recuerdo algo que me pasó en
Disney. Pese a mis diferencias ideológicas con Disney, cuando entré me caí de
culo, dije “¡qué bueno que está todo esto!”. Me llamó mucho la atención desde
lo creativo. En una de las atracciones entrás a un espacio donde pasan una
película, que se corta cuando van dos pibes en bicicleta en una ruta y pinchan
una goma. A partir de ahí, se apagan las luces y es todo audio. De golpe
empieza a lloviznar y te cae una llovizna real que te moja, mientras vas
escuchando cómo putean los pibes porque no encuentran las herramientas. También
escuchás la ruta y los sonidos te pasan de un oído a otro, entonces los autos
hacen “zuuuuuuum, zuuuuuuuuum”. Yo veía que iban a chocar el culo del tipo,
como que estaba mal puesto en la ruta. Empecé a ver un montón de cosas, a
visualizar tanta historia, tanto, tanto, tanto. De a poco vuelven las luces y
deja de llover porque se escucha que cierran las puertas, que los pibes
entraron. La película sigue, ellos se van y no sé qué. No me importó más nada
de lo que vi.
El famoso “teatro
de la mente”.
La radio todo el tiempo me genera eso, me genera mucho más de lo
que realmente está pasando. Por otro lado, ya sea como autor o como oyente,
tengo muchas posibilidades… de volar. Como autor ni hablar, yo puedo contar la
vida de Nijinsky y en televisión no lo podría hacer. Puedo contar la vida de
Belgrano, cuando creó la bandera, desde que nació hasta que murió, en media
hora; lleno de efectos, cosas, el himno y Saavedra que le dice algo. Todo lo
puedo hacer. En televisión tengo que ver qué producción hay, cuántos exteriores
tiene… ¡Eso me mata creativamente! Me parece mucho más fascinante la cantidad
de cosas que se pueden producir en radio. Y como escucha, la cantidad de cosas
que puedo escuchar. (Piensa.) Es como
la música, dispara. Y también por la pureza. Me da la sensación, y también
parece trillado o dicho, que la palabra tiene un peso muy especial. Y que por
algo lo primero que hacemos es oír y lo último que hacemos es oír.
Fragmento de Permiso para imaginar (Radio Ciudad, AM 1110; 2001).
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radioteatro
jueves, 21 de junio de 2012
Programa 9, Temporada 2012
En este programa, un homenaje a Caloi, el gran humorista argentino. Además, festejamos la sanción de dos leyes que ponen al sujeto en el centro de la escena: Ley de la muerte digna y de Identidad de Género. Libertad de conciencia, libertad para decidir, libertad para vivir.
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Sexo
miércoles, 20 de junio de 2012
lunes, 21 de mayo de 2012
Historias en el aire: Muchas voces para un fogón inagotable
Durante una serie de
emisiones especiales, compartimos el espacio del programa con los hacedores de
historias, aquellos que suelen hablar a través de sus creaciones y esta vez se
animaron a hablar en primera persona.
Por Mariano E.
Pagnucco
Tener al aire un programa propio. Tener al
aire un programa propio para compartir historias. Tener al aire un programa
propio para compartir historias y conocer a otros radialistas apasionados.
Desde que “Historias en el aire”, el
programa de Narrativa Radial, se hizo realidad, los anhelos proyectados al
comienzo se fueron concretando como por arte de magia. En ese sentido, el verano
pasado fue testigo de un gran gusto que nos dimos los narrativos: salir del formato tradicional de editados, ficciones y
narraciones para sentar a nuestra mesa, en vivo, a muchos artistas anónimos que
cada emisión nos engalanan con su amor por la radio y –claro está– con sus
historias. En esta nota nos proponemos rescatar, a través de las palabras de
cuatro de esos invitados, algunas reflexiones valiosas sobre el medio de
comunicación que más nos apasiona.
El
hombre que quiso atrapar el viento
Mariano Randazzo trabajó en radio desde
antes que pudiera considerarlo un trabajo. En FM De La Calle, la radio
comunitaria que fundó su padre en su Bahía Blanca natal, había un escape
posible al agobio de las tareas escolares. Fue en ese paisaje de micrófonos,
consolas y antenas que encontró su lugar en el mundo, el mismo con el que se
identifica hoy, cuando la radio es para él, en simultáneo, trabajo y disfrute: "Una
cosa es lo que hago para vivir, que tiene que ver con la radio que busca un fin
de lucro. Por suerte, laburo de lo que me gusta y con gente que admiro y de la
cual aprendo (Nota: Mariano, entre otras cosas, realiza ediciones artísticas
para Eduardo Aliverti y Víctor Hugo Morales). Para mí la radio comunitaria, que
es en la que me crié, es la posibilidad de desarrollar el placer en mi oficio”.
Ante esa contradicción aparente, las
convicciones de este radialista tienen raíz firme: "La experiencia de la
comunicación popular, comunitaria, alternativa es que está llena de libertad,
entonces ahí uno pone en juego absolutamente todo lo que quiere, lo que desea,
lo que tiene ganas, en ámbitos colectivos, que también es distinto. La radio
comercial está absolutamente jerarquizada, estratificada. Uno entra a un equipo
de laburo donde tiene un rol y muchas veces no participa de la mayoría de las
decisiones. No así en la otra experiencia. Entonces para mí, como profesional
del medio que soy después de trabajar tanto años, mi deseo radiofónico lo
cumplo en la radio comunitaria”.
Tiempo después de sus incursiones
infantiles en la radio bahiense, a Mariano le tocó la oportunidad de fundar,
como su padre, una emisora comunitaria: Radio Sur, una FM de Buenos Aires. Esa
experiencia, que lo encuentra curtido de horas-radio que acumuló todos estos
años, es también un nuevo aprendizaje: “A 20 años de las radios comunitarias,
uno puede hacer balances muy positivos de algunas cosas y marcar cosas
pendientes. Entre lo positivo, la capacidad de experimentación que nos permite
ese tipo de medios sigue siendo única y para mí es vanguardista. Inclusive en
términos de formación y capacitación. En los medios sistémicos rara vez se da
esa cuota de incentivar a los trabajadores capacitándolos, formándolos,
enseñándoles nuevas cosas. Bueno, en las radios comunitarias permanentemente
desarrollamos eso. Es ir rompiendo límites, y el desafío actual de este tipo de
experiencias es lograr mayor masividad”.
En su rol de realizador sonoro, Mariano se
ha convertido –según contó– en un fotógrafo de oídos atentos: "Muchos de
los ambientes que uso los grabo en la calle. Me gusta ir retratando lo que yo
llamo fotos sonoras. Casi todo lo que sucede en los ámbitos urbanos tiene que
ver con la humanidad, con el hombre trabajando, actuando. En la ciudad, si no
fuera por los seres humanos, casi no habría sonidos. La jungla de cemento suena
porque hay un taxista que pasa, un cartonero que lleva un carro, una alarma que
fue activada. Hay una presencia de la humanidad generando sonidos todo el
tiempo que no pasa en los ambientes naturales. A mí esa humanidad trabajando me
encanta. Me encantan los carros en los barrios cuando pasan y venden cosas, los
vendedores en los transportes públicos, poder grabar a los afiladores que
todavía existen, y más y más. En ese sentido, la ciudad da, a nivel fotos, un
amplio espectro". Es, al cabo, un cazador de sonidos atento al que sólo le
fue esquiva una utopía de la infancia: "Lo que suena en Bahía es el
viento, que es de lo más difícil de grabar. Es muy jodido grabar el viento".
El programa completo dedicado a “Historias
perdidas en la radio”, con Mariano Randazzo, se puede volver a escuchar acá.
El ignorante
radiofónico
Pedro Patzer transitó calles de tierra cuando
era niño, más tarde los caminos del rock y de la literatura y luego, en una
esquina inesperada de su existencia, se encontró con la ruta del folklore. De todo
eso, más su eterno cariño por la radio, salió un hombre que escribe para los
oídos. ¿Un poeta de radio? "Homero Manzi decía algo muy lindo: que él no
era un hombre de letras sino que hacía letras para los hombres. A decir verdad,
yo cada vez sé menos de escribir y menos de radio, y eso es hermoso. En
realidad, me parece que es una cuestión de sensibilidad. La radio es un
elemento más. Yo no creo que haya gente de radio, hay humanos tratando de
expresar cosas. De hecho, yo no me siento un hombre de radio, me siento un ser
humano tratando de expresar cosas. Me siento muy parecido a un pintor, haciendo
radio”.
Su modo de pintar otros mundos posibles se
materializa en el aire de Radio Nacional Folklórica, la emisora estatal
dedicada a los ritmos de tierra adentro de la vasta Argentina. Allí, Pedro es
guionista de contenidos artísticos, casi una ironía en tiempos de
programaciones clonadas y escaso vuelo creativo: "Estamos viviendo todo lo
opuesto a cómo empezó la radio. La radio nació con unos locos en la azotea con
una idea artística de la radio. Y hoy están los verdugos de esos locos de la
azotea, porque sólo es periodística, sólo es literal la radio, el proceso fue
al revés. Me parece que faltan artistas de radio, faltan artistas de radio. Fernando
Peña era un artista; aunque ideológicamente no coincido con muchas cosas que
hacía, era un artista. Alejandro Dolina también".
Cada día, cuando la ciudad de Buenos Aires
amanece, está este hombre canoso en una oficina de una radio pública creando
nuevas ropas para vestir una programación entera: "Si en la vida todos los
días están pasando cosas, yo no entiendo cómo una radio puede tener la misma
artística todo el año. Si puede haber una artística sólo para el lunes o para
el martes, una artística dedicada para las-y-cuarto o para las-y-dieciséis.
¿Por qué hay que poner el despertador a las seis en punto? Armemos una
artística para las-y-dieciocho de cada día. Un día para los pájaros argentinos,
un día para los ríos, para el lunes, para el martes, para el miércoles, un día
para los ilustres desconocidos y un día para los que tuvieron insomnio anoche.
¿Por qué no? Si tenemos en la radio esa posibilidad de no necesitar
presupuesto, es sólo imaginación, grabarlo y hacerlo. Eso es hermoso. Desde la
artística de la radio tenemos la posibilidad de empezar a hacer contenidos”.
La apasionada charla con Pedro dejó muchas
reflexiones para guardar y una certeza: se trata de un hombre de radio,
¿verdad? "A mí me cansan mucho las sectas que se arman en radio. Escuché
tantas veces decir "éste sabe de radio", "aquél no sabe de
radio", "éste es un bicho de radio" y me burlo, porque Dolina...
se supone que cada tantos minutos hay que mandar una canción y Dolina está una
hora sin mandar una canción, a veces toca el piano. ¿Y qué le van a decir a
Dolina? ¿Quién sabe de radio? Es lo mismo que digan que un cura, porque hizo el
seminario, sabe hacer milagros. A veces un milagro te lo hace un perrito, un
silencio, un buen libro, un buen perfume, un vino, un amigo, una charla, la
noche, un recuerdo. Un cura, porque fue al seminario no te va a hacer un
milagro. Con la escritura es lo mismo, cada cosa se transforma en una
experiencia humana que vuelve a ser la primera ignorancia que te llena de vida
y de ganas de vivir".
El programa completo dedicado a “Historias de
tierra adentro”, con Pedro Patzer, se puede volver a escuchar acá.
El
señor de las metáforas
Oscar Bosetti tiene con la radio una
relación de recíproca gratitud. Él le debe a la radio la amena compañía durante
una convalecencia cuando niño (el flechazo inicial de un amor a primera escucha),
la rica historia a cuyo estudio dedicó gran parte de su vida como investigador
y los vaivenes técnicos y artísticos que le dan argumentos para seguir hablando
de ella. La radio, por su parte, le debe a él sus aportes como locutor,
periodista y productor de formatos pensados para mejorar el dial, el eterno
acompañamiento en su condición de oyente apasionado y el amor incomparable que
le profesa, el mismo que contagia en sus clases y en sus charlas: “A diferencia
de lo que decían nuestras madres y abuelas (“vos estás en el aire”) para
indicar que uno vivía desligado de los problemas terrenales, lo interesante del
hecho radiofónico –haciéndolo o escuchándolo– es que uno está en el aire pero
debe estar con los pies en la tierra, atendiendo lo que pasa en la tierra”.
Orfebre del lenguaje bien empleado y de las
ideas expresadas claramente, Oscar tiene una particular devoción por las
metáforas: “Las metáforas son encantadoras: hablar del éter, del domicilio que
es el aire, de escuchadores, de radialistas, entre otras múltiples expresiones
que identifican a las mujeres y a los hombres que forman parte de este medio. Como
en algún momento lo definió Orson Welles, el hecho radiofónico es “el teatro de
la mente”, el lugar donde todo ocurre sin necesidad de un escenario físicamente
visible, de actores físicamente observables, de luminosidades, de vestuarios,
de maquillajes, sino que cada uno va construyendo ese espacio de representación”.
Entre las ideas que compartió durante el
programa, dejó en claro que “la radio en nuestro país es buena”. Y también hizo
un diagnóstico de posibles mejoras: “Podríamos estar mucho mejor. Incluso,
podríamos imaginar a ciertos empresarios del mundo radiofónico apostando de una
manera más convencida en sus propios medios, generando espacios para
guionistas, para editores, para aquéllos que formen parte de un aire que se
engalane, se complete con mayor cantidad de piezas y de producciones. Hoy los
empresarios no apuestan a eso porque hacen de la radio una empresa comercial
donde se tienen que minimizar los costos y maximizar los beneficios. A lo
mejor, una de las dificultades que tiene la radio para llegar a ese nivel de
excelencia que uno quisiera es que no se cuenta con todos los actores
necesarios para ese mejor estilo de puesta al aire”.
Consultado por sus deseos para el futuro
del medio, Oscar echó al aire una propuesta bien ambiciosa: “Así como en
determinado momento, y hasta la actualidad, la oferta televisiva se ha
segmentado, particularizado y hay canales de videoclips, de noticias, de
deportes, en fin, canales temáticos; mi deseo para el futuro es que la radio
avance hacia esa zona. No clonando, copiando o reproduciendo lo que estableció
la televisión, sino abriendo posibilidades. Yo sería, probablemente, uno de los
tipos más felices si tuviéramos una radio de humor las veinticuatro horas. Si
tuviéramos una radio dedicada a la historieta las veinticuatro horas o si
tuviéramos una radio dedicada a las leyendas de nuestro continente contadas por
la propia gente, y no espacios dentro de una programación. La radio
generalista, esta radio que tiene un poco de todo, creo que es lo que ya está
instalado. Ahora habría que avanzar –y me parece que es ahí donde deposito la
expectativa, el deseo– hacia la especialización: radios especializadas en temas
particulares”.
El programa completo dedicado a “Historias para
oídos lectores”, con Oscar Bosetti, se puede volver a escuchar acá.
El
guardián de la oralidad
Juan Pablo Berch es un RR: radialista
rioplatense. Nació en Uruguay, pero de muy pequeño llegó a Buenos Aires junto
con su familia. Ahí conoció por primera vez la radio, o algo parecido a ella: "Tengo
un recuerdo muy lindo de cuando era chico. En aquella época no había internet
ni tanta comunicación, entonces mi abuelo me escribía cuentos, les ponía fotos
para que fueran accesibles y yo los pudiera ver hasta que no supiera leer, y mi
viejo me los leía. Tengo el recuerdo de estar sentado a una mesa un domingo y
mi viejo leyéndome las historias que inventaba mi abuelo. Ésa fue la primera
vez que no sé si escuché radio, pero escuché algo que podía ser la radio,
alguien relatando un cuento, una historia inventada por un abuelo, y que eso me
atrapara”.
En el patio de su infancia moldeó su
vocación, a tal punto que de grande supo que esa rutina narradora de su abuelo
y su padre, también marcaría su destino: "La radio tiene esa mezcla justa
que necesitaba para mi vida, es el lugar que me permite contar historias. Ése
es, básicamente, el rol que elegí en la radio, contar historias. Me parece que
es el lugar más lindo". El refugio que él y un grupo de colegas han
inventado para contar historias se llama “América Profunda”. Desde allí
emprenden la noble tarea de rescatar las memorias del continente como una
prolongación de la palabra que en otros tiempos flotaba de boca en oreja: "La
radio es el lugar adonde fue a parar la oralidad. La oralidad nació con el
hombre antes que la escritura. Creo que es Walter Ong quien dice que hay
pueblos que pueden no tener escritura, hay pueblos que se han descubierto y que
nunca escribieron nada, pero no hay ningún pueblo que no tenga oralidad. Y la
radio es la hija de la oralidad. Nosotros estamos acá, nos sentamos, decimos
algo, alguien nos escucha y ese alguien lo reparte a otro... bueno, eso es la
oralidad". Es palabra de Juan Pablo.
El programa completo dedicado a “Historias
de América Profunda”, con Juan Pablo Berch, se puede volver a escuchar acá.
viernes, 11 de mayo de 2012
Programa 7, Temporada 2012
Cuando somos chicos hablamos,
jugamos, nos equivocamos, nos ensuciamos, nos reímos. Tenemos licencia para decir,
hacer y pensar lo que se nos ocurra; permiso para gozar de la libertad sin
censuras...El 3 de mayo se celebró el día mundial de la libertad
de expresión. Historias en el aire salió a la búsqueda de relatos,
canciones y ficciones que reflejan nuestro derecho a la expresión y esas ganas
incontrolables de reencontrarnos con la niñez, que aún dormida, sigue latiendo en
nuestro interior. Este domingo a las 24, cuando el lunes se asoma timorato,
las historias salen a pasear por el aire. ¿Las atrapás?
Bloque 1
Bloque 2
Programa 6, Temporada 2012
Canales de noticias cada media hora, la información al instante, todo el día sin parar. Sin respiro...La realidad nos pasa por encima, pero ¿cuál es la realidad? La mía, la tuya, la de él...
La realidad es también tener los pies sobre la tierra, el único medio que compartimos todos sin distinción, que hace falta respirarlo para estar en contacto real.
Bloque 1
Bloque 2
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