viernes, 16 de julio de 2010

Un gol en la noche.

Relato al estilo futbolístico de una conquista de un adolescente en la noche de Buenos Aires.

Ficción de: L. Zapponi, H. Benítez, F. Sampayo








(http://www.narrativaradial.com/audios/relato de un levante.mp3)

Los relatores, artistas de la ficción futbolera.

Desde las primeras transmisiones de la década de 1920 hasta nuestros días, un grupo de profesionales de la radio aprovecha la excusa de los partidos para llenar de pasión y dramatismo los oídos de los hinchas. En esta nota, un homenaje a los literatos del gol.

Por Mariano E. Pagnucco

Esos tipos son capaces de sobresaltarnos con una pequeña inflexión en la voz. El dramatismo de su tono puede ser el prólogo a la alegría desbordada, el llanto irremediable o incluso una discusión acalorada con los vecinos. Casi como un interruptor emocional, las palabras pesimistas de ellos son motivo de corazones aplastados, y sus gritos apasionados, la garantía de un fin de semana soleado más allá de la meteorología. El día que se escriba “El relato de fútbol considerado como una de las bellas artes radiofónicas”, los auténticos protagonistas serán ellos: los relatores, practicantes de un oficio a mitad de camino entre el periodismo deportivo y la literatura.

Hace algún tiempo, de la pluma de Alejandro Dolina nació Héctor Bandarelli, un personaje que pasó a la historia del barrio de Flores por transmitir partidos… inventados por él. Sobre el final de Relatores, el cuento que detalla las hazañas de Bandarelli, el narrador aconseja: “Los relatores de hoy tienen la posibilidad de seguir al maestro e intentar la ficción y la fantasía en sus narraciones. ¿Por qué depender de la actuación, muchas veces mediocre, de los futbolistas? ¿Por qué no crear con la voz jugadas más perfectas? ¿Por qué no dar nacimiento a deportistas nobles, diestros y mágicos que nos emocionen más que los reales?”

La osadía de esa propuesta fue llevada al extremo, también en un cuento, por H. Bustos Domecq. Con ese seudónimo apareció firmado Esse est percipi, una interpretación muy ingeniosa de las transmisiones deportivas que, en realidad, escribieron Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. En el cuento, el protagonista se extraña por la ausencia del estadio de River y va a consultar a un dirigente futbolero, quien le abre los ojos a una realidad desconocida por él: “No hay store ni cuadros ni partidos. Los estadios ya son demoliciones que se caen a pedazos. Hoy todo pasa en la televisión y en la radio. La falsa excitación de los locutores ¿nunca lo llevó a maliciar que todo es patraña? El último partido de fútbol se jugó en esta capital el día 24 de junio del 37. Desde aquel preciso momento, el fútbol, al igual que la vasta gama de los deportes, es un género dramático, a cargo de un solo hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el cameraman.”

¿El fútbol como un género dramático a cargo de un solo hombre en una cabina? En una entrevista publicada en 2007 por el diario uruguayo El País, la periodista Ana Larravide le transmitió la inquietud a Víctor Hugo Morales, un referente indiscutido en el terreno del relato. “Me gusta –respondió el dueño del ta-ta-ta... gooolll–. En la cabina me siento un actor dramático, al pasar el relato por un tamiz donde lo histriónico desarrolla su papel.” Y ahondó más en su definición: “Yo tengo un apuntador, que es la realidad. Ella me dicta un guión. Lo que puedo hacer es trabajar con ella; jugar con ella. ¿Sabés? Alguna vez pensé en ser actor de radioteatros.”

La concepción de Víctor Hugo Morales sobre su labor no resulta ingenua, sobre todo si se tiene en cuenta que la Mona Lisa del museo de los relatos deportivos, tiene su sello. Aquella obra, improvisada el 22 de junio de 1986 en el Estadio Azteca de México, quedó grabada en los oídos y los corazones argentinos con una poesía oral inigualable: “Ahí la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota Maradona, arranca por la derecha el genio del fútbol mundial, y deja al tercero y va a tocar para Burruchaga… ¡Siempre Maradona! ¡Genio! ¡Genio! ¡Genio!... ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta… y Goooooool... Gooooool... ¡Quiero llorar! ¡Dios santo! ¡Viva el fútbol! ¡Golazo! ¡Diego Maradona! Es para llorar, perdónenme... Maradona, en una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos... barrilete cósmico... ¿de que planeta viniste? Para dejar en el camino tanto inglés, para que el país sea un puño apretado, gritando por Argentina.... Argentina 2 - Inglaterra 0... Diegol, Diegol, Diego Armando Maradona... Gracias Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este... Argentina 2 - Inglaterra 0...”

Los otros uruguayos y el Gordo
A decir verdad, en los comienzos de las transmisiones futboleras el arte no estaba tan presente. Por caso, el hito fundacional data de 1924, cuando Horacio Martínez Seeber y Atilio Casime pusieron sus voces para comentar por LOR Radio Argentina las incidencias del partido que Argentina le ganó a Uruguay por 2 a 1. Esa emisión nada tenía que ver con la dinámica de las actuales, ya que apenas se describía lo que sucedía en la cancha, sin precisiones ni detallismo. Pero en 1935 iba a llegar al país el uruguayo que inició el camino que hasta hoy acapara su compatriota Víctor Hugo Morales con un estilo más ligado a la puesta en escena radial que a la simple transmisión de las jugadas: Eduardo Lalo Pelicciari, quien relató goles en Rivadavia, Stentor y Mitre. Pelicciari nunca perdía de vista que el relato debía tener ritmo más allá de lo que sucediera en el campo de juego. “Inventaba los partidos, los adornaba”, opinó alguna vez de él su comentarista en Radio Stentor.

La posta de Lalo la tomó en la década del ’40 otro uruguayo, Joaquín Carballo Serantes, aunque la historia de la radio lo recuerda como Fioravanti. Él fue otro revolucionario de las transmisiones de fútbol, inventor de las conexiones al instante para saber lo que sucedía en las otras canchas y el primero en ubicarse en una cabina en lo más alto del estadio. “Más que un relator, soy un narrador”, se definía a sí mismo quien hizo del lenguaje cuidado su característica distintiva. En su libro “Días de radio”, Carlos Ulanovsky enlaza los recuerdos de su niñez con la presencia del relator oriental flotando en el éter: “A la tarde era el momento del fútbol, con Fioravanti, a quien seguramente llamaban El Maestro porque por cada palabra que usaba tenía cinco sinónimos. Para explicar que los jugadores formaban una barrera, Fiora era capaz de decir: ‘Se agrupan, se juntan, se apiñan, se aglutinan, se abroquelan los jugadores’.”

Con la llegada de la televisión, el relato por radio tuvo que competir con la tiranía de la imagen. De ahí que los años ’60 fueran la consolidación de otra leyenda de las transmisiones futboleras: el Gordo José María Muñoz. Personaje controvertido de la radiofonía nacional, este porteño impuso en Radio Rivadavia, durante dos décadas, su innegable talento para la narración de los partidos. Con su relato apasionado, muchas veces desbordado por la emoción, “El relator de América” hacía vibrar a los oyentes. Jorge Cacho Fontana, su locutor comercial en los primeros tiempos, llegó a decir que “Muñoz es al periodismo deportivo y a la radio lo que Troilo es al tango”. Al menos fue así hasta la década del ’80. Es que el 22 de febrero de 1981, con el debut oficial de Víctor Hugo Morales en Mitre, la historia de los relatores radiales iba a sumar una página más a su antología de las grandes voces del gol.

Los hay con matices y vocabulario diferentes, más o menos formales, cercanos al radioteatro o a la antigua tradición de los juglares. Lo cierto es que esos tipos, practicantes de un oficio a mitad de camino entre el periodismo deportivo y la literatura, acuden a las más nobles estrategias del lenguaje para atrapar nuestra atención –y nuestras emociones– cada vez que rueda una pelota de fútbol. Se hacen llamar relatores.

El fútbol no es más que un relato.

Extracto de una entrevista realizada por Narrativa Radial a Juan Sasturain.

El fútbol no existe, existe el relato de fútbol. Durante mucho tiempo, el fútbol fue para mí un relato. Yo vi por primera vez un partido en vivo a los 18 años, cuando vine a Buenos Aires, en el año ’64. Hasta entonces, para mí Boca había sido una transmisión radial, el resultado de una narración. Yo era hincha de Boca pero no lo había visto jamás, sólo tenía referencia de las revistas que leía y los partidos que escuchaba porque no había otra forma.
Yo tenía 6 años y escuchaba los partidos con mi viejo. Tengo el recuerdo perfecto de Fioravanti, de Aróstegui, de Veiga, de Lalo Pelicciari. Veiga fue el primero que tuvo una transmisión partidaria, seguía la campaña de Boca. Él tenía una manera de relatar muy excesiva, muy exagerada, fue el primero que gritó el gol. Además, tenía un modo diferenciado de gritar los goles: los de Boca los gritaba con el alma y los de los rivales apenas los mencionaba. Pero el relato radial se modificó cuando apareció la tele. El Gordo Muñoz tuvo que competir con la televisión, por eso el detallismo y la calidad de sus transmisiones. Más allá de cualquier consideración ideológica, Muñoz inventó un montón de cosas, él contaba realmente lo que pasaba en la cancha.
Si uno escuchaba a Veiga, a Aróstegui o a Fioravanti, el relato era una descripción muy general de lo que pasaba, contaban las consecuencias más que los hechos. Como no había que competir con la imagen, el partido lo contaban, no lo relataban en detalle. Fioravanti tenía frases como “entrega la pelota a un compañero”, “saltan varios hombres” ó “se produce un amontonamiento de jugadores”. Aróstegui, por ejemplo, tenía un sinfín de frases hechas y mi viejo siempre decía que los partidos que transmitía él eran todos iguales. Las fórmulas eran tantas que yo me las acuerdo con exactitud: “El esférico sale del campo de juego, será el encargado de ponerlo otra vez en movimiento el jugador…”. En esa época, la narración podía ser más o menos apasionada, pero no era una cuestión de precisión, ni siquiera decían en qué lugar de la cancha estaba la pelota. Todo estaba dado por el tono, algunos hacían un relato romántico, otros más folletinesco; ahí aparecían los subgéneros de la narrativa.
Siempre el relato es una construcción verbal, una creación de mitologías. Además, cada partido de fútbol es una historia, más allá de que el resultado sea una cifra numérica. El desarrollo de cada partido es un suceso, y ese suceso es una historia, un cuento. Porque el fútbol, al cabo, no es más que un relato.

*Escritor y periodista. Acaba de publicar “La patria transpirada. Argentina en los mundiales” (Editorial Sudamericana).

lunes, 31 de mayo de 2010


Una absurda historia de superhéroe en clave de historieta.







(http://www.narrativaradial.com/audios/superponcho - ficcion.mp3)

Algo muy grave va a suceder en este pueblo.

Historia que narra cómo un rumor se convierte en un hecho... Basado en un cuento de García Marquez.







(http://www.narrativaradial.com/audios/algograve_ggmarquez.mp3)

Lluvia

El abismo entre la palabra y las cosas. Inspirado texto escrito e interpretado por Juan Gelman.



(http://www.narrativaradial.com/audios/gelman_lluvia.mp3)




(http://www.narrativaradial.com/audios/gelman_lluvia.mp3)

“En la radio intentamos recuperar la mística que en la TV se pierde”

Entrevista con Marcelo Camaño, guionista y director de Secretos Argentinos.
Por Mariano Pagnucco

En un contexto artístico en el que los autores de ficción han perdido protagonismo debido a las nuevas reglas del mercado audiovisual argentino (el auge de las productoras, la comercialización de los contenidos al exterior, un star system más apoyado en las caras convocantes que en las buena ideas), el de Marcelo Camaño es uno de los nombres que ha logrado instalarse en el público. Su peregrinaje de más de veinte años en la industria del espectáculo lo tuvo dos veces en la foto junto al Martín Fierro de oro (por Montecristo, en 2007, y por Vidas Robadas, en 2009), pero es probable que el mérito mayor de este guionista rosarino se encuentre lejos de los flashes: en sus libros, Camaño logró entrelazar los ingredientes típicos de la ficción televisiva con temas candentes de la realidad social, como la desaparición de personas durante la dictadura o la trata de blancas en nuestros días.

Después de los reconocimientos y los aplausos, el año pasado tuvo un impasse en su relación con la TV y decidió meterse de lleno en el barro de la radio: pensó que al éter le faltaban historias y junto con la periodista Miriam Lewin acercaron un proyecto a Radio Nacional. El resultado de esa iniciativa hoy se llama Secretos Argentinos (AM 870, domingos de 12 a 13), un ciclo de radioficciones sobre hechos periodísticos recientes, desde el caso del odontólogo Ricardo Barreda hasta “el robo del siglo” al Banco Río. Renovar el encanto de los antiguos radioteatros y reflexionar sobre la identidad nacional son las premisas que guían a Camaño, quien también apuesta por la radio como espacio para la ficción.

Con el prestigio que vos tenés como autor de televisión, tomar la decisión de dar el salto a la radio admite tres posibilidades: un contrato grande, amor por la radio ó ganas de marcar un camino. ¿Cuál es tu caso?
Lamento informarte que por plata no es. Yo llego a la radio porque tengo ganas. Estoy en un momento en que puedo prescindir de que me paguen como me pagaría la tele para plantar algo que tiene que ser ya, ahora. Eso lo puedo hacer por la dirección que tiene Nacional en este momento. A lo mejor el año que viene cambian las autoridades y me rajan porque no les interesa, y después, con el nuevo gobierno, llega una idea más conservadora sobre los medios públicos. Cuando se abre una grieta, cuando aparece un lugar, hay que ocuparlo, es prepotencia del trabajo. Yo no me fijé cuánto me pagaban; por supuesto que quiero que me paguen bien, pero no es el caso. Y no llego resentido con la televisión, porque estoy haciendo y haré tele. Algunos colegas están más preocupados quizás por su discapacidad emocional y quieren salir a hacer cosas afuera para tener solamente plata, después no importa lo que hacen afuera, muchos hacen porquerías que acá no quieren hacer. Eso no es lo que a mí me distingue, yo me metí en un quilombo, fui a la radio, voy todas las semanas a grabar al microcentro, con un tránsito infernal, y estoy feliz. Peor es hacer un laburo degradante porque no te queda otra. Yo tuve la fortuna de poder hacer esto y lo hice cuando pensé que podía dirigir, aunque sea así.

¿Cómo surgió la posibilidad de hacer Secretos Argentinos?
El año pasado yo estaba en Telefe y no avanzaba la idea de una producción determinada para la noche, que era lo que teníamos que hacer. Hubo diversos motivos: presupuestarios, la famosa crisis, los contratos de los actores. La verdad, me mantuvieron ocupado con unos especiales que finalmente no van a salir al aire. Entonces tuve un espacio y un momento, y pensé “por qué no volver a algo que yo pueda manejar desde una punta hasta la otra”. Y era la radio, porque de alguna forma era más sencillo, más fácil. Yo podía hacer la producción, convocar a los actores, a los autores, organizar todo y que todo saliera bien. Era lo que necesitaba, volver a algo artesanal, trabajar porque nos gusta, además de porque nos pagan, intentar recuperar un poco la mística, que a veces en la tele se pierde. No estoy peleado con la tele, pero fue un año bisagra. Si la radio se interesaba, yo quería armar un polo de trabajo, aunque fuera mínimo, para generar cosas desde ahí.

¿A qué te referís cuando hablás de lo artesanal?
La realidad es que en televisión está muy manipulado el lugar del autor. Todos entendemos que tiene que haber equipos de trabajo, pero en esos equipos tiene que haber una línea de jerarquía, porque no todos podemos hacer todo. Entonces me parece que nosotros, los que tenemos alguna trayectoria o algún laburo más reconocido, debemos marcar un camino. No digo hacer escuela, pero enseñarle a la gente a trabajar, cómo avanzar, que sepas cuándo estás preparado para ser cabeza de equipo.

Después de tantos años de escribir para televisión, ¿te costó adaptarte al lenguaje de la radio?
Lo que a mí me preocupó de entrada es la noción de montaje en la radio, tener muy en claro que no tiene que ser tedioso, lento; todo el tiempo tiene que haber cambio de escenarios, de personajes. Puede haber un hilo conductor o un narrador presente en todo momento, sea externo o un personaje, pero a mí me gusta mucho laburar las diferencias, por eso cambiamos los géneros. Banco Río lo hicimos en tono de comedia, pero Barreda no se podía hacer en comedia. Nos gusta romper eso y ver, de acuerdo al material que hay, cuál es el género que mejor le queda a la historia para que nosotros hagamos un trabajo divertido. Si nosotros nos divertimos con lo que estamos construyendo, el público se va a divertir, o se va a emocionar o va a sentir miedo de Barreda. Me parece que desde el montaje, y siguiendo el criterio con el que hacemos televisión (ritmo ágil, escenas breves), la radio se banca la idea de las ficciones cortas si es que las vas hilando de manera que el oyente no se pierda. Ahí ayuda mucho la posproducción, porque los chicos que se encargan de eso superan mi nivel de imaginación todo el tiempo. Muchas veces encuentran detalles que son geniales, que enriquecen el libro.

¿Cómo se armó la dupla de trabajo con Miriam Lewin?
Con Miriam siempre tuvimos la idea de trabajar juntos, de hacer ficción a partir de las investigaciones de ella, que son varias y buenas, pero estábamos en empresas distintas. Cuando ella se hizo cargo del equipo de investigación de Radio Nacional, me dijo “¿y si pensamos algo para la radio?”. Yo no creía que les fuera a interesar, porque a ninguna radio le interesa la ficción, los gerentes salen corriendo, no te dan bola, no te escuchan. A Miriam le pareció que María Seoane podía estar interesada, fui a hablar y no me dejaron salir del despacho, lo tomaron inmediatamente. El gran problema que me presentaban era que tenían un presupuesto muy chico, querían saber si yo me podía arreglar con eso y me estoy arreglando con eso. La verdad, estoy muy contento porque la predisposición del personal de la radio es total, tomaron el proyecto como propio y trabajan muy bien. Al principio me costó pensar el horario de la ficción para un domingo al mediodía, pero con el combo de Víctor Hugo antes y Felipe Pigna después, a la radio le servía mucho y yo me sentía contenido. No tengo más que agradecimientos, ya que nadie me molesta, nadie me pregunta qué temas voy a tocar ni a quién voy a molestar o no. Además, todo cuadra con una mirada que yo tengo sobre con cómo se están manejando en este momento los medios públicos en el país. Radio 10 esto no lo hace.

Para cualquier radio comercial es impensable un proyecto así.
Yo no sé si es tan impensable. Es impensable si lo enfocás desde los grandes costos, pero si hay un presupuesto acotado y vos te podés arreglar con un elenco fijo mínimo, con una plata sencilla… Porque los actores no se tienen que cambiar, no se tienen que maquillar, no tienen que estudiar. Tienen que leerlo, interpretarlo y se van a la casa. No puede llevar más de cuatro horas esto. Con una plata lógica por ese trabajo, las radios privadas lo pueden hacer. Hay que pensar un género o un estilo de programa que sirva.

Yo tengo la idea de que nadie quiere asumir el riesgo. El propio Dolina, con la trayectoria que tiene en la radio, siempre dice que el suyo es un programa poco atractivo para los auspiciantes. Y también están los gerentes de programación, que apuestan a lo seguro.
Bueno, hay muchos gerentes que vienen de la Ingeniería, la Mecánica, de cualquier rubro menos de la Comunicación o del mundo artístico en sí. Tal vez haya ignorancia, porque seguramente hay un par de gerentes dispuestos a escuchar una propuesta y entenderla, sólo que a ellos no se les ocurriría porque escapa a su imaginario. O porque un proyecto de ficción les huele a naftalina, y sin embargo se puede hacer algo muy moderno, no por nada han avanzado tanto los efectos sonoros. Gracias a la computadora yo puedo recrear hoy cualquier situación, porque los sonidos los tengo. Yo opté por este camino, me pareció que tenía que acercarle a la radio algo que pudiera interesarle, como son los casos periodísticos. Más adelante me gustaría hacer cosas mucho más ficcionales, desde adaptar literatura argentina hasta hacer ficción propia, ficción pensada para radio. No es tan loca esa posibilidad, hace falta voluntad. Gastan la misma plata en estupideces intrascendentes y en trivialidades, en locutores que no saben qué decir, en lectura de mensajes del público que manda saluditos, en enfatizar la trampa de los empleados que están en sus trabajos escuchando radio y mandando mensajes. Alguna vez podrían contribuir a mejorar la calidad de vida del oyente desde algún punto de vista. Si yo logro con nuestro programa que la gente se sienta tocada o emocionada por alguno de los temas, ya está, está logrado. Si además de entretener podemos aportar algo, buenísimo.

¿Cómo es tu vínculo con la radio desde el lugar de oyente?
Como oyente estaba en crisis hasta que empecé a escuchar Nacional y me di cuenta que me representaba esa programación. Lo único que escuchaba era la radio pública y la radio de las Madres. No puedo escuchar… en el auto por ahí escucho Rock & Pop, un día me cago de risa con algo totalmente insolente de la “Negra” Vernaci y dos días después lo mismo me produce repulsión y prefiero escuchar otra cosa. No soporto lo que se hace en las FM, me parece que es un lugar que está absolutamente desperdiciado por la trivialidad y con un poquito de contenidos estaría buenísimo. Y las radios comerciales… a la mañana, si vos querés saber cómo está el tránsito, el estado del tiempo o qué dijo el ministro, si lo encontrás, avisame. Yo no lo soporto, las radios a las que mejor les va de rating a mí no me colman. Por supuesto que todas tienen su perla, hay cosas de Radio 10 que están muy bien, lo mismo en Del Plata, en Continental o donde busques, pero yo prefiero los informativos de Nacional. Y la programación de los sábados es un golpe a la mandíbula, a la mañana tenés programas buenísimos: está Radio Barcelona, después Ulanovsky… algo vas a sacar. Yo no soy un oyente pasivo, mientras escucho la radio estoy haciendo de todo, incluso trabajando. Así se dio mi contacto con el medio, porque yo era más de tener la televisión prendida. Cuando me di cuenta que la tele era imposible, porque se había convertido en un monoblock con el mismo tipo de información y de opinión, me fui a la radio.

Enlace: http://www.narrativaradial.com/notas_ver.php?IDNI=61&titulo=%A0